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La mirada colonial en el genocidio nazi

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> autores

Carlos Luciano Dawidiuk

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Profesor y Licenciado en Historia (UNLu, Argentina). Becario doctoral del CONICET, dedicado a la temática de la representación del genocidio nazi en Europa Central y del Este. Docente del Departamento de Ciencias Sociales de la UNLu e investigador del Grupo Interdisciplinario de Estudios sobre Paisaje, Espacio y Cultura en la misma institución.

Recibido: 15 de noviembre de 2018

Aceptado: 3 de abril de 2019





Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

> como citar este artículo

Carlos Luciano Dawidiuk; «La mirada colonial en el genocidio nazi». En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA). N° 14 | Primer semestre 2019, pp. 24-40.

> resumen

El genocidio nazi fue un proceso complejo, llevado a cabo en etapas diferentes. Después de la invasión y la ocupación alemana de Polonia en 1939 y, fundamentalmente, de la Unión Soviética en 1941, tuvo lugar la eliminación de comunidades judías enteras en dichos territorios, principalmente mediante el fusilamiento. En dicha fase, muy diferente a aquella en la que se impuso la industrialización de la muerte a través de campos de concentración y de exterminio, muchos de los alemanes que participaron en aquellos asesinatos en masa registraron diferentes aspectos de ese sombrío fenómeno con sus cámaras. En este trabajo, proponemos un análisis de aquellas imágenes situándolas en una cultura visual más amplia, pues consideramos que en ellas pueden identificarse ciertos rasgos ideológicos y estereotipos que operaron en la conformación de la imagen de las víctimas, y de las situaciones de violencia a las que se vieron forzadas por parte de los perpetradores. Sin embargo, no enfatizaremos en el antisemitismo, cuyo peso es indiscutible, sino que buscaremos trazar vínculos con el colonialismo en la configuración de la mirada, fundamento de la supuesta supremacía racial y, consecuentemente, justificativo naturalizado de la violencia ejercida sobre las poblaciones del este europeo.

 

Palabras clave: Genocidio nazi, Europa del Este, cultura visual, fotografía, colonialismo

> abstract

The Nazi genocide was a complex process, carried out in different stages. After the invasion and the Germanoccupation of Poland in 1939 and mainly of the Soviet Union in 1941, entire Jewish communities were eliminated, primarily by shooting. In this phase, very different from the one in which the industrialization of death was implemented through concentration and extermination camps,many of the Germans who participated in those mass murders registered different aspects of that shadowy phenomenon with their cameras. Wepropose in this work an examination of those images placing them in a wider visual culture, because we consider that certain ideological traits and stereotypes that operated in the conformation of the victims’ image by the perpetrators, and situations of violence to which they were forced, can be identified in them.However, although the importance of antisemitism is indisputable, we will not emphasize this attitude but will seek to draw links with colonialism in the configuration of the gaze, the foundation of the supposed racial supremacy and, consequently, the naturalized justification of the violence exerted on the East European populations.

 

Key Words: Nazi genocide, East Europe, visual culture, photography, colonialism

La mirada colonial en el genocidio nazi

Introducción

Durante la Segunda Guerra Mundial, fueron tomadas miles, probablemente millones, de fotografías en Polonia y la Unión Soviética, tanto oficial como extraoficialmente. Dichas imágenes fueron producidas por nazis y sus colaboradores, por soldados corrientes como así también por miembros de las unidades móviles de exterminio (Einsatzgruppen)[1] y demás unidades SS y de la Policía del Orden (Ordnungspolizei).[2] Estas últimas jugaron un papel fundamental en la destrucción sistemática de comunidades judías enteras en la etapa que siguió a la invasión alemana a Polonia y a la Unión Soviética, especialmente hasta el año 1942, que representó el punto de inflexión en la política nazi en relación con el genocidio.[3]

De este modo, tal como han propuesto Judith Levin y Daniel Uziel, la posibilidad de tratar con estas imágenes históricas, sometiéndolas a una crítica rigurosa similar a la empleada en el análisis de los documentos escritos, podría arrojar luz sobre esta etapa particular del genocidio nazi.[4] Sin embargo, ese tipo de análisis puede aplicarse solo a una fracción de fotografías del Holocausto sobre las cuales se dispone información. Gran parte de esas imágenes a las que hacíamos referencia carecen de información, lo común es encontrar nada más que la propia imagen. Aun así, su examen como documentos podría proporcionarnos una visión considerable de las actitudes y la visión del mundo de los perpetradores.[5] Al mismo tiempo, como señala Pierre Bourdieu, se pueden comprender estas fotografías no solo recuperando las significaciones que declaran, las intenciones más o menos explícitas de sus autores, sino también descifrando “el excedente de significación” que revelan, en la medida en que participan de la trama simbólica de una época y de una sociedad en particular.[6]

Ese entramado puede enmarcarse en el contexto más amplio de la cultura visual, la cual “no depende de las imágenes en sí mismas, sino de la tendencia moderna a plasmar en imágenes o visualizar la existencia”.[7] Las formas de tecnología visual, como la fotografía, son hechos sociales no solo en su institucionalización sino además en tanto incorporaciones de las relaciones sociales y las experiencias.[8] De ahí que resulta importante identificar e interpretar las relaciones entre las tecnologías visuales y sus estructuras de comprensión, los “acontecimientos visuales”, en tanto “interacción del signo visual, la tecnología que posibilita y sustenta dicho signo y el espectador”, dado que las partes constituyentes de la cultura visual no están “definidas por el medio, sino por la interacción entre el espectador y lo que mira u observa”.[9]

Ahora bien, el corpus iconográfico que hemos escogido se caracteriza por una serie de limitaciones comunes: nuestros datos en torno a su origen, circulación y autoría son escasos o nulos. Nuestra única certeza es que estas imágenes fueron producidas por los perpetradores o sus colaboradores. Por consiguiente, ante dichas restricciones, en este trabajo nos proponemos analizar algunas de esas fotografías en relación con una cultura visual más amplia, considerando que es factible identificar en ellas rasgos ideológicos y estereotipos que operaron en la conformación de la imagen de las víctimas y de las situaciones de violencia a las que se vieron forzadas. Por ello creemos conveniente recurrir al concepto de “mirada” para dar cuenta de estas cuestiones, puesto que “expresa una actitud mental de la que el espectador puede no ser consciente, tanto si sobre el otro se proyectan odios, como temores o deseos”.[10]

Creemos que las fotografías nos permiten dar cuenta de ciertos aspectos de una visión colonialista que operó como un elemento sumamente relevante en la articulación de los discursos en torno a la supuesta supremacía racial alemana y la ideología anti-bolchevique, para posibilitar la justificación y la naturalización de la violencia ejercida sobre los sujetos colonizados como la elaboración y ejecución de los procesos. Con esto no queremos negar el lugar esencial que ocupó el suprematismo ario en la doctrina nazi, tanto con relación a la construcción de la idea de una comunidad nacional sobre una base étnica como a la hora de emprender su expansión hacia el Este. Pero, como recuerda Enzo Traverso, no puede obviarse el hecho de que la Shoah “se puso en práctica en medio de una guerra contra la URSS concebida como una típica guerra colonial”.[11] Por esta razón, creemos que no se puede sostener una perspectiva unicausal y lineal que considere al discurso racial nazi como el fundamento ideológico principal de dichos procesos. Sobre todo si tenemos en cuenta que, en la etapa del genocidio que mencionamos, el antisemitismo no puede considerarse el móvil único ni el más prominente en los asesinatos masivos perpetrados en Polonia y la Unión Soviética, pues ello implicaría restar relevancia a otro factor decisivo: el ferviente anticomunismo. Este había sido un componente de una importancia capital para la justificación e implementación de los primeros campos de concentración, como así también, junto al racismo antijudío, para proyectar la conformación del Volkalemán y emprender la guerra colonial en Europa del Este.

Subyace en nuestro abordaje, entonces, lo que podríamos denominar, en términos generales, una perspectiva “biopolítica” en la que se enlazan las citadas ideologías, discursos y prácticas, que creemos poder vislumbrar en lo que dimos en llamar aquí “mirada colonial”.[12]

 

La verdad de la fotografía y la cultura visual

Como señala Janina Struk, todos los fotógrafos que participaron en la guerra, profesionales o amateurs, aquellos que llevaban a cabo mediante su práctica actos de resistencia o los que meramente deseaban enviar fotos a sus familiares, buscaban plasmar en imágenes sus propias verdades. Es decir, en todos los casos subyacía la noción de que la cámara registraba la realidad.[13]

Dicha confianza en la fotografía como evidencia científica se había consolidado en el siglo XIX, cuando comenzó a implementarse en el marco de las jóvenes ciencias sociales, que compartían la creencia en que la fisonomía humana, plasmada en la fotografía, podía revelar una verdad intrínseca sobre el carácter individual de los sujetos.[14] La invención de esta tecnología coincidió con la aceleración del colonialismo decimonónico, en el cual jugaron un papel central varias de estas disciplinas. En esos espacios colonizados, la fotografía antropométrica trajo consigo una nueva forma de conocimiento jerárquico y autoritario y jugó su papel en la construcción de la legitimación de la sujeción de las poblaciones al poder imperial.[15] También sirvió a la nueva visualización de una espacialidad puesta al servicio de las metrópolis que se complementaba con, y a la vez enriquecía, las imágenes cartográficas y literarias de las colonias, fortaleciendo las implicaciones entre el conocimiento y las relaciones de dominación.

Del mismo modo, desde fines del siglo XIX, la relación entre la fotografía y el Estado invistió a la primera de una autoridad particular. Dicho vínculo se constituía fundamentalmente en la posibilidad que brindaba la cámara de colocar ante sí a los sujetos de modo frontal y pasivo para ser indagados en profundidad, permitiendo reparar en características particulares de los rostros, en las expresiones faciales y los gestos.

La práctica social de la fotografía sufrió una transformación dramática en la Alemania de entreguerras, fundamentalmente a partir del aumento significativo de la circulación de fotos profesionales en revistas, periódicos ilustrados y carteles publicitarios, como así también por el hecho de que tomarlas se tornó más sencillo y asequible con el desarrollo de un nuevo tipo de cámara más liviana, compacta y fácil de usar.[16] A partir de esta posibilidad de imitación y apropiación de la mirada de los fotógrafos profesionales por parte de un ejército de fotógrafos amateurs, muchos alemanes comenzaron a considerar a la fotografía como una práctica comunicativa extendida, “lenguaje para expresar y compartir en un nuevo zeitgeist”.[17]

Asimismo, en la década de 1920, la creencia de que la fotografía podía reflejar por sí sola el verdadero carácter de un individuo también generó un cambio profundo y duradero en la comprensión de la propia imagen fotográfica. La formulación de los “tipos” por parte del célebre e influyente fotógrafo alemán August Sanders, un férreo defensor de la imagen fisionómica científica que según él permitía distinguir “sentimientos de grupo” en “ciertos individuos”,[18] resultó un insumo esencial para la posterior construcción de estereotipos raciales por parte de los nazis.

Durante la década de 1930 la popularidad de la fotografía en la Alemania nazi se incrementó y se desarrolló considerablemente su consumo masivo, lo que también implicó un acrecentamiento del número de fotógrafos amateurs. Las contribuciones que dichos aficionados podían hacer a la fotografía del Reich se consideraban cruciales respecto al comportamiento de la población alemana frente al nacionalsocialismo y al antisemitismo.[19] Por este motivo, se incentivó a las familias alemanas, mediante revistas especializadas, a que reflejaran su superioridad racial a través de fotos y álbumes familiares, brindando indicaciones para producir imágenes “racialmente impecables”. Fue así como comenzaron a aparecer los “tipos” plasmados en álbumes familiares, donde se retratan, por ejemplo, paisajes y pobladores nativos de Polonia como elementos exóticos. Estos temas se hicieron más populares cuando comenzó la guerra y sus contenidos se tornaron extraordinariamente más macabros.[20]

La guerra, por su parte, contribuyó al uso propagandístico de fotografías de civiles y soldados muertos, práctica que favoreció una naturalización de imágenes en las que se entrelazaban la violencia y la muerte mediante la circulación masiva en los periódicos. Asimismo, el entusiasmo con el que la fotografía había sido apropiada por la causa nacionalsocialista continuó siendo vigoroso después de 1939. La invasión a Polonia no solo implicó el ingreso de los soldados alemanes con sus armas sino también con sus cámaras, por lo que rápidamente comenzaron a circular fotografías que retrataban, no solo la humillación de polacos y judíos y el desprecio por su cultura, sino también las ejecuciones y los ahorcamientos (Fig. 1).[21] Muchas de estas fotografías fueron incluidas también en los álbumes personales de soldados ordinarios y oficiales nazis. Podemos afirmar entonces que las fotografías de las unidades móviles de exterminio se inscriben en este contexto más amplio donde tuvieron lugar estos acontecimientos.

 

¿El antisemitismo como único móvil?

Desde una perspectiva más general en torno al análisis de las fotografías aquí propuestas, es importante reparar en que muchos estudios han dado cuenta de los límites en relación con lo que efectivamente se puede aprender sobre la conciencia de los soldados alemanes mediante el análisis de sus fotografías si no se tiene en cuenta más ampliamente el contexto en el que fueron creadas.[22] La primera dificultad que se nos presenta, en este sentido, es cómo interpretar lo que estas imágenes nos dicen en relación con ese entorno y las condiciones de su producción para establecer asimismo vínculos con un entramado más amplio.

Para muchos de los especialistas que se han ocupado de estas imágenes, la ideología nazi no constituyó la motivación esencial de aquellos que participaron en las masacres perpetradas en el Este. Desde estas perspectivas, la toma de fotografías de dichas atrocidades posibilitaba un distanciamiento de la muerte objetivada a través de la lente de la cámara, actuando como un mecanismo de defensa y disminuyendo el impacto psicológico dañino.[23] Para algunos soldados la motivación principal pudo haber sido la mera curiosidad ante aquellos hechos, inmersos en un contexto de naturalización de la violencia y la muerte que impone la guerra.[24] Algunas de estas fotografías (Figs. 1-4), enfocadas en detallar momentos precisos de las matanzas, bien pudieron haber sido tomadas a modo de documentar el correcto cumplimiento de las órdenes y la eficiencia con la que se llevaron a cabo las misiones genocidas.[25]

Sin embargo, no es posible minimizar el papel de la ideología nazi en estos actos atroces, puesto que un gran número de fotografías de soldados alemanes, y especialmente de las unidades móviles que nos ocupan, expresan claramente su orgullo frente a la tarea de destruir a los judíos como así también una tolerancia consciente de estos hechos homicidas (Figs. 5-8).[26] El gran volumen de fotografías existentes da cuenta de que los alemanes que participaron en la guerra y en el genocidio consideraron que efectivamente valía la pena registrar visualmente sus experiencias en el Este. Muchos de los álbumes de fotos personales de estas personas evidencian una extraña práctica recurrente de recopilar en el mismo sitio imágenes más banales de fiestas y otros acontecimientos cotidianos junto a escenas de tiroteos y ahorcamientos, entre otros episodios violentos. Algunas fotos de este tipo fueron incluso enviadas a familiares y amigos en Alemania, con dedicatorias escritas en el dorso.[27] Pero lo sorprendente de estas colecciones radica en que se enmarcan en un contexto de normalización del horror, donde las representaciones de la violencia y la muerte parecen estar conectadas profundamente en la mente de los perpetradores con aquellas otras escenas de la vida cotidiana.[28]

En este sentido, se torna difícil afirmar que la acción de tomar una fotografía podía corresponderse con un mecanismo de defensa para distanciarse de la atrocidad cometida. Por ello autores como Levin y Uziel, sugieren que se trató más bien de una participación directa y voluntaria. Según su mirada, cuando los soldados alemanes durante su servicio en Polonia y la Unión Soviética se encontraron con judíos, una gran parte de ellos “los observaron y fotografiaron como tales sólo a través de ese estrecho prisma de la propaganda nazi”.[29] Desde este punto de vista, la insensibilidad y el distanciamiento que facilitó el retrato de las humillaciones, los abusos y las masacres perpetrados en Europa del Este, serían resultado de seis años de políticas y de propaganda antisemitas a las cuales una enorme cantidad de alemanes se vio expuestos de manera desmedida. Así, los judíos orientales de los territorios ocupados, parecían encarnar perfectamente aquellas imágenes de “judíos típicos” que circulaban en periódicos y películas alemanes.[30]

Asimismo, la colección “Es gibt nur eines fuer das Judentum: Vernichtung” (“Solo hay una cosa para el judaísmo: la aniquilación”),[31] publicada en Alemania en 1995, que contiene extractos de cartas de soldados alemanes en la que describen sus encuentros con judíos en el Este, reflejan el lenguaje de la propaganda oficial y proporcionan un complemento verbal significativo en relación al lenguaje visual que irradia de las fotografías en cuestión.[32]

Ahora bien, pese a que la presencia del antisemitismo es evidente en estos casos, no resulta sencillo colocarlo como el elemento esencial y determinante en la motivación de estas matanzas y sus tomas fotográficas. La gran cantidad de imágenes que dan cuenta de la violencia y la crueldad ejercidas en el trato tanto a judíos como a no judíos, nos lleva a pensar en la importancia de la identidad autoconsciente de muchos alemanes como supuestos miembros de una raza superior frente a sus súbditos que no puede reducirse únicamente a la influencia corruptora del intenso antisemitismo patrocinado por el Estado.[33]

Como ha señalado Claudia Koonz, “el Estado nazi descansaba sobre la etnia y la raza, es decir, sobre el amor a lo propio y el odio a lo ajeno”.[34] Como señalamos antes, habría que agregar que el discurso anticomunista también fue un elemento esencial en la conformación de alteridades identitarias concebidas como peligrosas o enemigas. A partir de 1933, se desplegaron en Alemania una serie de “técnicas sofisticadas y persuasivas” que dispusieron a los alemanes, tanto civiles como militares, “para colaborar con un régimen que, durante la guerra, planificó el exterminio de judíos, gitanos, prisioneros de guerra y homosexuales, además de otras personas incluidas en la categoría de ‘indeseables’”.[35] Así, la materialización de la Solución Final resultó posible ante todo gracias a la instauración de un consenso vago, de una “estructura latente” que “no fue tanto producto de las leyes y las órdenes como cuestión de espíritu, de comprensión compartida, de consonancia y sincronización”.[36]

Pareciera más adecuado, entonces, encuadrar las expresiones de las fotografías dentro de una noción más amplia e históricamente arraigada de “el Este” como “objeto de destino manifiesto” del pueblo germano, ya que muchas de ellas constituyen una muestra de que las fuerzas de ocupación consideraban que los alemanes no debían gobernar benévolamente esos territorios, “sino remodelarlo violentamente de acuerdo con una visión del mundo nacionalsocialista que les daba poder sobre la vida y la muerte”.[37] Por otra parte, el tratado de Brest-Litovsk, las campañas de los Freikorpsy el rechazo casi unánime del tratado de Versalles pueden considerarse como una muestra contundente tanto de la negativa a aceptar el veredicto de la Gran Guerra como de los anhelos imperiales en Europa del Este, fundados en nociones de la superioridad racial alemana y un anticomunismo furibundo que compartía la sociedad alemana prácticamente en su totalidad. Estos elementos “proporcionaron más puntos de coincidencia entre el grueso de la población alemana y los nazis que el antisemitismo”.[38]

En Europa del Este aquellos denominados “alemanes corrientes” se radicalizaron aún más entre los años 1939 y 1941 de lo que lo habían hecho bajo la dictadura nazi en el período precedente. Alemania afrontaba una “guerra racial de conquista imperial” y dichos “alemanes comunes” se vieron de pronto en un territorio donde las poblaciones autóctonas fueron declaradas inferiores y donde se exhortaba a las fuerzas de ocupación alemanas a comportarse debidamente como la raza superior.[39] Así pues, cuando aquellas ideas se acoplaron con el concepto nacionalsocialista de Lebensraum (“espacio vital”) en la década de 1930, “los sentimientos populares imperialistas en Alemania se radicalizaron en una exaltación de etnocentrismo y violencia hacia los no alemanes”.[40]

Si bien es verdad que en dicho contexto los alemanes se encontraron frente a los extraños “judíos orientales” (Ostjuden) que parecían cuadrar mejor en los estereotipos de la propaganda antisemita que circulaba en Alemania, a partir de 1941 se agregaron dos factores relevantes: la cruzada ideológica contra el bolchevismo y la “guerra de destrucción”.[41]Todos estos factores nos conducen a matizar la visión del antisemitismo como el elemento central en la interpretación de las fotografías.

También resulta interesante notar que, si bien son comunes en tiempos de guerra las fotos de soldados posando junto a sus enemigos muertos, como una forma de exhibir un trofeo,[42] las unidades móviles de exterminio no se vieron implicadas en acciones de guerra. Es decir que, aunque efectivamente la guerra propició el marco general para el desarrollo de sus operaciones, no desarrollaron acciones bélicas, sino que se ocuparon exclusivamente de la limpieza étnica.

Vale agregar también que, como sugieren Levin y Uziel, resulta más difícil encontrar fotografías de los judíos de Europa occidental similares a las que presentamos aquí.[43] Aun así, pese a que los nazis no percibían en ellos la imagen estereotipada que reflejaba la propaganda antisemita, su trágico destino no fue diferente al que enfrentaron los judíos del Este.

Desde nuestra perspectiva, las fotografías de los asesinatos en masa perpetrados en Europa del Este se inscriben en una lógica colonial previa al Holocausto y al propio nazismo, cuya pervivencia puede ser descubierta en las imágenes analizadas.

 

La cuestión colonial: África y Europa del Este

No es un hecho menor que Alemania haya sido la tercera potencia colonial entre fines del siglo XIX y principios del XX, precedida por Inglaterra y Francia.[44] Tampoco resulta irrelevante el hecho de que el primer genocidio del siglo XX haya sido llevado a cabo justamente por los alemanes en sus dominios coloniales de África Sudoccidental (Deutsch-Südwestafrika) contra los pueblos herero y nama entre 1904 y 1907. Si bien no es nuestra intención plantear continuidades lineales entre este acontecimiento y el Holocausto, sí nos parece interesante tomar como referencia algunas fotografías de aquel fenómeno como muestra de la lógica colonial.

Como afirma Ian Kershaw, los objetivos expansionistas de Alemania “forman uno de los hilos conductores que entrelazan la era de Bismark, y en especial la era de Guillermo con el Tercer Reich”.[45] Los anhelos de expansión y conquista de Europa central y del Este, como así también de territorios extracontinentales, “figuraban entre las aspiraciones y la propaganda de influyentes grupos de presión que contaban con gran apoyo”, lo que se reflejó en los objetivos del Alto Comando alemán durante la Gran Guerra y que “ciertamente pueden ser vistos como un puente hacia el Lebensraum nazi”.[46] La derrota en la guerra y la pérdida territorial que impuso el tratado de Versalles, “mantuvieron vivas las exigencias de la derecha, y alentaron las intenciones y los reclamos revisionistas, que la mayoría de los alemanes parecía considerar legítimos”.[47] De este modo, la continuidad de dicho consenso en torno a la necesidad de la expansión alemana hacia el oriente, bajo la influencia de la ideología racista y los discursos biologicistas, fue uno de los pilares del éxito popular de Hitler respecto a la conducción de la política exterior después de 1933.

El prejuicio contra los pueblos y las culturas de Europa del Este constituía un fenómeno cultural con una base histórica profunda. De manera evidente, el grado de influencia de la ideología racista entre la población alemana posterior al ascenso de Hitler fue un elemento sumamente importante que se acopló a aquel discurso previo del Drang nach Osten(“Empuje hacia el este”).[48] Justamente, en esa lógica se inscribe el accionar de la Wehrmachten el este,[49] en tanto vanguardia de la expansión alemana y de la esperada reestructuración étnica de aquel Lebensraum, cuya misión consistía primordialmente en conquistar la llamada “barbarie asiática” para luego asentarse en aquel nuevo territorio ocupado como Wehrbauern(“soldados-campesinos”).[50]

Esto explica el hecho de que los soldados alemanes consideraban a aquellos habitantes de la Europa del Este lo suficientemente exóticos como para ser fotografiados, a la vez que naturalizaban su ultraje. Las interpretaciones de los ocupantes estaban teñidas por años de prejuicios culturales e ideológicos acumulados, por lo que sus imágenes dan cuenta de una visión idealizada y fundamentalmente negativa del escenario del Este. La población nativa fue representada normalmente como extraña, “en términos insensibles, indicando una síntesis profundamente intuitiva de los estereotipos y la realidad en la mente de los fotógrafos y autores”.[51] Dichas impresiones, se vieron fortalecidas tanto por los métodos empleados por las autoridades nazis para la remodelación del territorio ocupado según los lineamientos que su ideología preconizaba, como así también por la creación de los “guetos judíos, la promulgación de leyes que valoraban la vida y la propiedad de los alemanes por encima de las de los pueblos indígenas y la reubicación masiva de no alemanes para dar paso a los colonos alemanes”, que avivaron la creencia en la superioridad alemana frente a la supuesta “subhumanidad” de las víctimas.[52]

Como señalamos antes, muchas de esas actitudes e ideas proyectadas hacia el Este se encuadraban en una visión colonial más amplia y por eso pueden trazarse ciertas relaciones con el imperialismo alemán en África. Vale recordar a este respecto que, claramente, el colonialismo tuvo un impacto distintivo en la formación de las identidades nacionales en Europa y la enseñanza de la historia escolar contribuyó a traducir la experiencia colonial en historias nacionales. Pese a que la experiencia colonial alemana fue relativamente corta, sobre todo cuando se la compara con la de otros países del continente, los libros de texto de historia alemanes de la primera mitad del siglo XX daban cuenta de como Alemania se percibió como una potencia colonial desde el inicio de su participación en el proyecto expansionista europeo hasta incluso después de haber perdido sus colonias. Aún más, esos mismos textos perpetuaron una epistemología dicotómica del conocimiento colonial, según la cual la superioridad europea y la modernidad respaldaban la identidad nacional.[53]

El fin de la Primera Guerra mundial y la firma del Tratado de Versalles en 1919 significaron la pérdida de todas las posesiones coloniales alemanas (Schutzgebiete), pero ello no impidió que los libros escolares continuaran dedicando mucho espacio en sus páginas a las colonias. Así, los textos convirtieron “la descripción de los territorios de ultramar alemanes en una demostración vigorosa de la fuerza y del progreso nacionales”, y se enfocaron en presentar a Alemania en igualdad de condiciones respecto a Gran Bretaña y Francia.[54] Las referencias a las colonias fueron prominentes en los libros de historia del periodo entreguerras, como si el colonialismo continuara vigente. De la mano de un fuerte movimiento revisionista que tuvo lugar en la República de Weimar, los libros de texto enfatizaron “la difusión de una imaginación imperial que mantuvo viva la idea de Alemania como potencia colonial”.[55] Con este fin, los libros de texto enaltecían a líderes militares como Lothar von Trotha, quien encabezó la masacre de los herero y los nama, por su participación en la “primera guerra colonial” en el África Sudoccidental Alemana (actual Namibia).

Los libros de texto nacionalsocialistas continuaron con esta tendencia, acoplando a estos contenidos una visión racial del predominio alemán e ideas de superioridad inherente al pueblo germano.[56] El activismo colonialista promovió la fantasía de una regeneración cultural en el espacio colonial.[57] No resulta intrascendente el esfuerzo de los historiadores en este periodo por resucitar “la ira por la pérdida de las colonias alemanas tras la Primera Guerra Mundial” que “elevaban a categorías de héroes a figuras previamente olvidadas”, como es el caso de Carl Peters, “el sádico, misógino y racista gobernador alemán del África Oriental Alemana antes de la contienda”.[58]

 

Las fotografías coloniales y el genocidio de los herero

La fotografía tiene una larga historia al servicio del proyecto colonial europeo. Además de servir a fines científicos y pseudocientíficos, las fotografías también han sido utilizadas en la literatura de viajes, e incluso han valido por derecho propio como una forma visual de este tipo de narrativas.[59] Incluso antes de la Primera Guerra Mundial, la fotografía había comenzado a jugar un papel central en la construcción de historias públicas y privadas de colonos alemanes en los dominios africanos. Algunas de esas imágenes fueron ampliamente reproducidas y distribuidas como postales o dentro de libros, mientras que otras permanecieron dentro de álbumes personales.[60]

Dichas fotografías no solían tener como objetivo mostrar una posible extrañeza del entorno africano, sino más bien dar cuenta de las analogías con paisajes familiares del país germano a modo de promover la cercanía y la familiaridad. Fundamentalmente apuntaban a mostrar a los alemanes que África podía existir como un espacio alemán propiamente dicho y como parte de la misma “patria”. Sin embargo, también pretendían representar una parte del mundo hasta entonces desconocida.[61]

Las caricaturas de las revistas satíricas alemanas de finales del siglo XIX daban cuenta de transformaciones visuales y culturales producto del avance colonialista, mediante imágenes estereotipadas de África.[62] En el caso del cine, las representaciones vinculadas al espacio colonial se mantuvieron, aún después de la pérdida de los territorios ultramarinos, ligadas a los discursos sobre la raza y a estereotipos que presentaban a los nativos de las colonias como “incivilizados”.[63]

Asimismo, las imágenes etnográficas fueron importantes en este periodo, en el que la etnología comenzó a consolidarse como ciencia. Durante este tiempo, no solo las instituciones de investigación y los museos empezaron a construir sistemáticamente archivos de imágenes, sino que también aumentó rápidamente el número de publicaciones ilustradas en los campos científico y no científico.[64] En el Zeitschrift fur Ethnologie (“Revista de Etnología”), la principal publicación de etnología alemana, puede verse un aumento significativo de este tipo de imágenes después del 1900. En ellas se observan fotografías de hombres y mujeres en vistas frontales y de perfil que demostraron ser particularmente adecuadas para llevar a cabo la popular tipología racial y los estudios antropométricos. Con su ayuda, se aspiraba a clasificar las razas y los pueblos en términos de su apariencia física, sus peinados y vestimentas, sus joyas, objetos u accesorios característicos, según los estándares científicos de la época y las “imágenes tipo” (Typenbilder).[65] Asimismo, es notorio el predominio de las imágenes que se encuadran dentro de la categoría de representación “persona y el objeto” (entre otras propias de la fotografía etnográfica, tales como “representación escénica”, “paisaje”, “fauna y flora”, “asentamiento”, “arquitectura” y “obra de arte indígena”)que se correspondían con el zeitgeisten la etnología temprana.[66]

Una serie demecanismos de exotismo y de erotización de los nativos africanos dependían en gran medida de la construcción de ciertas representaciones en la fotografía y la percolación de estas al público a través de tarjetas postales, libros, revistas y películas.[67] Vale señalar queun gran número de alemanes se vio expuesto a fotografías de linchamientos y otras acciones violentasa partir dela amplia variedad de imágenes que formaban parte de ese universo visual que comprendía la vida en las colonias. Estas imágenes llegaban a Alemania desde África Sudoccidental mediante los diferentes soportes mencionados (además de la circulación privada de álbumes) (Figs. 9-11).

Al mismo tiempo, la cuestión racial jugó un papel significativo en el modo en que la prensa alemana abordó tanto el levantamiento de los herero. Los periódicos emplearon la ciencia etnográfica y antropológica para introducir a los nativos a sus lectores. Pero también utilizaron un lenguaje racista e insultos raciales a lo largo de la cobertura de la contienda.[68]

La cobertura periodística del conflicto fue sumamente amplia y detallada, por lo que esta “guerra colonial”, como la definían los alemanes, fue un hecho bastante transparente y conocido en la Alemania de la época. Como señala Tilman Dedering, “los alemanes en Namibia eran casi ingenuamente abiertos sobre sus intenciones”.[69] Por ello, aunque esto no implicase una conciencia cabal de estos episodios en tanto proceso genocida por parte de la población alemana (hecho que era claro entre los perpetradores), sí se vieron expuestos a la construcción de un imaginario de jerarquías raciales a través de los diferentes canales de información, visuales y escritos, en el cual se conjugaban elementos de exotismo, de inferiorización del concebido como un “otro” y la legitimación de la violencia.

Las fotografías del genocidio herero nos permiten visualizar estos aspectos a partir de ciertos rasgos compartidos en la mirada colonialista de los perpetradores. Así, a excepción de algunas imágenes que funcionaban más como registro documental de ciertas acciones (como sugieren los soldados en movimiento que ignoraban la presencia de la cámara en la figura 10), en todas ellas es evidente una puesta en escena.

Hacia el interior de cada escena se presenta siempre un claro contraste entre blancos y nativos (Figs. 9, 12 y 13), donde los soldados europeos adoptan poses típicas que denotan su investidura y su poder. Esto no solo se ve reforzado por las diferencias evidentes en el atuendo militar, sino también en la exhibición de las armas y las posiciones que asumen en el cuadro. La proporción de europeos también refuerza la representación de su superioridad, ya que se muestra casi siempre a una pequeña cantidad de soldados frente a un gran número de indígenas sometidos. Dicho contraste implica también la despersonalización de los africanos frente a la identificabilidad de los hombres blancos. Los semblantes de estos últimos, más propios de un retrato, también contrastan con el abatimiento reflejado en los rostros de sus prisioneros o la inferiorización y la humillación pública ejercida sobre ellos al exhibirlos con pesadas cadenas sobre sus cuellos como si se tratara de animales salvajes.

La coexistencia de hombres, mujeres y niños naturaliza también el propio genocidio y justifica implícitamente el ejercicio de violencia sobre la población civil. Si bien el conflicto se planteó por parte de los alemanes como una “guerra colonial”, estas imágenes sugieren que efectivamente el exterminio que se llevó a cabo estaba dirigido a la totalidad del pueblo herero.

Estas fotografías muestran también otros elementos de exotismo y erotismo. Por un lado, era común en la fotografía colonial atender a la desnudez de las mujeres africanas, muchas veces mostrándolas en grupo y despojadas de toda individualidad (Fig. 14). Fotos de este tipo circulaban ampliamente, al menos hasta que se abogó por la “deserotización” de los cuerpos africanos en pos de su infantilización en las imágenes colonialistas nazis de África, y tenían como correlato la violación indiscriminada e impune de las mujeres herero por parte de los colonos alemanes.[70] En la figura 15, también se presentan mecanismos de despersonalización y voyeurismo, al exhibir los cuerpos desnutridos de niños, adultos y ancianos sin reparar en la humillación que esto pudiese significar a aquellos supervivientes de la masacre (Fig. 15).

Ahora bien, Birthe Kundrus señala acertadamente que no es conveniente pensar la historia colonial alemana de manera lineal, colocándola como el preludio del ascenso del nazismo, puesto que esta perspectiva reduccionista obstaculiza los intentos de promover el estudio de dicho periodo por derecho propio y de indagar sus dinámicas más allá de la sombra del Tercer Reich.[71] Sin embargo, desde nuestro punto de vista, el hecho de que se puedan señalar algunos aspectos coincidentes o ciertas continuidades en el ejercicio de la violencia no implica necesariamente la subsunción de un periodo al otro ni la negación de las particularidades históricas de cada uno de ellos.

Según Kundrus, casi no existen elementos que nos permitan trazar continuidades entre ambos periodos, pues hacia 1939 ya habían pasado muchos años desde el fin del dominio colonial alemán y sólo unos pocos militares que habían servido en las colonias continuaban activos en el ejército del Tercer Reich.[72] También sugiere que quienes enfatizan en la continuidad entre el genocidio herero y la Shoah tal vez no toman en cuenta la experiencia histórica “que las personas y las instituciones tienden a olvidar”.[73] Sin embargo, aunque es difícil afirmar que la imagen del genocidio herero pervivió en la memoria del pueblo alemán hasta el ascenso del nazismo, podemos decir que el recuerdo del colonialismo en general perduró a través de diferentes canales.

Por otra parte, Kundrus concluye que la crueldad y la deshumanización constituyen las características determinantes de “las formas de guerra o conflicto basadas en las pretensiones de superioridad con respecto a un ‘otro’ racialmente definido”.[74] Así, la perpetración de la violencia incontrolada en un contexto colonial no es un fenómeno específicamente alemán, sino que trasciende las fronteras nacionales. Sin embargo, nunca repara en que la experiencia colonial alemana se caracterizó por muchas peculiaridades que la separaban de los otros casos europeos y tampoco reconoce la peculiaridad de la masacre herero en tanto genocidio,[75] hecho que distingue un tanto a este proceso de las formas generales de violencia colonial mencionadas. Además, no deja de resultar llamativo el hecho de que la distancia temporal respecto al genocidio herero es de unas escasas tres décadas. Y más aún si consideramos que durante esos años la memoria colonial siguió vigente y en estrecha vinculación a reclamos expansionistas, fundamentalmente hacia el este de Europa.

Como observa Willeke Sandler, la Liga Colonial del Reich (Reichskolonialbund, 1933-1943), cuyo objetivo principal era concientizar a los alemanes de la ausencia de colonias para fomentar el deseo de la recuperación de los territorios perdidos, representó el resurgimiento del movimiento colonialista en la Alemania nazi. Dicho fenómeno tuvo lugar fundamentalmente gracias a la capacidad de los colonialistas para afirmar la relevancia de sus reclamos en torno al espacio, la raza y la comunidad mediante la lengua franca. También apuntaron a consolidar una cultura visual colonialista ampliando las fronteras de las representaciones de la Heimat(“patria”) y la Volksgemeinschaft(“comunidad nacional”),[76] empleando un lenguaje visual similar al utilizado en general en la propaganda de la Alemania nazi, para incorporar territorios geográficamente lejanos al corazón de la nación alemana. Los medios visuales habían sido centrales en la creación de una identidad colonial y la construcción de la diferencia racial, y continuaron desempeñando un papel vital en la creación de una identidad colonialista en el Tercer Reich.[77]

A través de diversos medios y materiales, la cultura visual colonialista se focalizó en algunos temas como fundamentos para la construcción de la identidad alemana en la época nazi. Así, caracterizaron el paisaje africano como una Heimatalemana creada por los colonos germanos, en la cual estos formaban parte de una Volksgemeinschaftidealizada de alemanes raciales-conscientes que mantuvieron su lengua, cultura e identidad y sirvieron como buenos amos a sus súbditos coloniales africanos. Dicho vínculo entre el espacio y la raza en las descripciones coloniales se originó en los mismos escritos geopolíticos que los conceptos nazis de Blut und Boden(“sangre y suelo”)[78] y Lebensraum(“espacio vital”).[79]

Esa propaganda construyó una “imagen fantástica” del pasado colonial en el presente con la finalidad de “convencer a los alemanes contemporáneos con poco o ningún conocimiento previo o interés en las colonias de la importancia vital de estas colonias para su bienestar personal y la identidad nacional”.[80] Al mismo tiempo, la cultura visual colonialista eliminó las diferencias entre la realidad presente y una “fantasía ideológica” del futuro en la que, a través de las imágenes de Volksgemeinschaft, se podía visualizar tanto la actualidad como el porvenir de la raza. En definitiva, “a través del aplanamiento del tiempo en estas imágenes, los colonialistas enfatizaron el dinamismo continuo de la ‘cuestión colonial’ en la Alemania nazi”.[81]

Podemos pensar entonces que, pese a que la intención fundamental de la campaña visual de los colonialistas se enfocaba en fortalecer un lazo sensible con el espacio de las colonias sin insistir directamente en un mensaje racial violento (como en el caso del antisemitismo hacia el interior de Alemania), el contenido implícito de toda esa cultura visual que sí se correspondía con las diferencias raciales podría haber “activado” o bien fortalecido los discursos racistas vinculados al expansionismo territorial en el público receptor.

Así, las similitudes entre ambos grupos de fotografías que presentamos aquí –es decir, las del África colonial y las de la Europa del Este ocupada por los alemanes–, constituyen nuestro primer indicio para establecer una relación entre ellas, pues podrían estar dando cuenta de ciertos elementos constituyentes de una cultura visual que se remontaba a fines del siglo XIX y de la configuración de una mirada colonial particular, respaldada por un denso entramado de discursos, prácticas y representaciones. Faltaría, entonces, establecer con mayor precisión posibles vínculos entre dichas similitudes.

En las figuras 9, 12 y 13, creemos encontrar un aspecto distintivo que resulta relevante para reforzar estas posibles continuidades. Como señala Gisela Stappert, en contraste con los retratos, la imagen tipo de la fotografía etnológica no debía reflejar la singularidad, la individualidad de una persona, sino lo general, lo habitual.[82] Aunque esto aplica en general al modo de representación asumido en todas las imágenes que presentamos aquí, en este grupo particular que mencionamos existe un elemento particular y disruptivo, que las diferencia del resto y que, a su vez, parece ser el componente que marca más fuertemente la similitud con varias de las fotografías nazis tomadas en el contexto de las masacres colectivas. Así, la relación jerárquica entre europeos y africanos que caracteriza a estas imágenes, que describimos antes, es un rasgo sumamente distintivo y relevante.

Resulta interesante también un libro fotográfico del propio Von Trotha dedicado a la guerra contra los herero (Fig. 11). Pese a la acción violenta representada en la ilustración de su tapa, en su interior solo aparecen fotografías, en consonancia con las categorías etnográficas que señalamos antes: paisajes, grupos de indígenas, soldados, asentamientos. Estas imágenes brindan una representación un tanto idílica de la vida en la colonia y, llamativamente, no refieren de modo directo a la guerra. Más allá de algunas armas o figuras militares, no hay referencia visual alguna a la guerra. Lo mismo ocurre en otro el libro de la época, Im Kampfe gegen die Hererodel teniente Erich von Salzmann, dedicado también a la guerra y que contiene una amplia colección de fotografías.[83]

La ausencia de imágenes como lasfiguras 9, 12 y 13 en publicaciones de esta índole, nos llevan a pensar que, como ocurrió luego con las fotografías nazis de este mismo tipo, no circulaban públicamente, sino más bien en forma de postales (Fig. 9) o álbumes personales. Al mismo tiempo, estas fotos parecen conformar un género por derecho propio en el que se superponen otros dos: el retrato de los europeos y la imagen etnográfica de los nativos.

 

La mirada colonial en el genocidio nazi

De regreso a nuestros planteos iniciales, podemos decir que la exposición a la ideología nazi, en la cual coexistían el antisemitismo y los presupuestos sobre la superioridad racial junto a los ideales expansionistas y la inferiorización de otros pueblos, estructuraron las experiencias, en diferente grado, de quienes formaban parte las unidades móviles, soldados y policías que participaron en la guerra y las matanzas de Europa del Este. Esto hizo que percibieran grandes diferencias entre el “mundo occidental” que habían dejado atrás y el “oriental” en el que se encontraban, un sentimiento que puede verse reflejado en sus fotografías.[84]

Pese a la perplejidad y el rechazo que podían causar estas imágenes que mostraban asesinatos, fosas comunes, humillación pública y otros actos brutales, muchas de ellas fueron halladas en álbumes de fotos de soldados junto a otras en las que aparecían con sus compañeros sonrientes y en paisajes extraños. Las nociones que expresaban no eran solo las de la fuerza, el odio racial y el antisemitismo, sino que puede observarse en ellas la representación de un mundo visto a través de “la confluencia del adoctrinamiento ideológico, el sesgo cultural acumulado y las políticas concretas y brutales dirigidas a cambiar la fisonomía de la realidad en el Este”.[85] Las figuras 5 a 8 y la 16 pueden considerarse, en un sentido amplio, como representaciones visuales de esta mentalidad.

Dichas imágenes dan cuenta de que ninguna de las poblaciones nativas que podían atraer la atención de los ocupantes alemanes fue fotografiada con mayor frecuencia como los judíos orientales. En la figura 5, por ejemplo, se exhibe al rabino Moshe Yitzhak Hagermann en un primer plano respecto a la acción de detención que se evidencia en el ángulo inferior derecho y a los propios alemanes que permanecen detrás, justamente para resaltar las características exóticas de su atuendo. Lo mismo ocurre en las figuras 7 y 8 donde otros religiosos judíos son expuestos al frente del resto de los detenidos para resaltar dichos rasgos distintivos. Asimismo, dicho exotismo es reforzado en estas imágenes a través de la inclusión en el encuadre de elementos particulares del paisaje de Europa del Este, tal como se puede ver en el fondo de las tres fotografías citadas.

Antes de la guerra, los judíos habían sido descriptos en los ensayos pictóricos de publicaciones alemanas como “influencias asiáticas en Europa” y como un “problema mundial”.[86] Estos ensayos facilitaron el encasillamiento de aquellos sujetos en los estereotipos raciales y de odio divulgados por la propaganda nazi. De este modo, la toma de fotografías constituía parte integral de un proceso en el cual “humillar públicamente, degradar y posiblemente matar al judío ‘real’ era metafóricamente destruir la imagen del judío mítico”.[87]

Por otra parte, es fundamental notar que, como en el caso de las fotografías de los herero, ninguna de estas fotos fue tomada clandestinamente, sino que se puede observar en ellas una puesta en escena (con la excepción de las figuras 1 y 2 que, como señalamos antes, se corresponderían a un registro más burocrático de los hechos). Los gestos y las poses de los perpetradores, en este sentido, son reveladoras. En muchas ocasiones se muestran sonrientes, orgullosos al lado de los judíos orientales religiosos, como si se tratase de un grupo de amigos de vacaciones posando para una fotografía grupal, en palabras de Struk, aunque sin escatimar esfuerzos en mortificarlos y burlarse de ellos. En numerosas imágenes se puede ver a estas víctimas (Figs. 5-8) expuestas como trofeos o piezas de caza frente a la cámara, donde los perpetradores se posicionan claramente como sujetos dominantes de la acción retratada en la escena montada. Fotografiar al enemigo significaba, de este modo, poseerlo o conquistarlo.[88]

El correlato con las fotografías de los herero es notable. En estas coinciden muchos de los elementos mencionados, como la proporción de dominados y dominadores, las poses, los gestos, la distribución en la escena y el ejercicio abierto de la humillación. Todo apuntaba a denotar la inferioridad de estos supuestos enemigos e, implícitamente, a reforzar la normalización del ejercicio de estos actos por parte de los perpetradores. Si bien, en ambos casos, se trata de imágenes producidas en contextos de guerra, ello no las convierte necesariamente en fotografías de guerra, tanto por sus condiciones de producción como por aquello que representan. En el caso de las fotografías de los herero, se observan civiles, niños y mujeres, por lo que difícilmente puedan considerarse fotografías de guerra. Ninguna de ellas expresa tampoco indicios de acciones de combate ni muestran algún tipo de arma perteneciente a los sometidos. Las señales de desnutrición que se evidencian en los cuerpos de los supervivientes de la figura 15 imponen una distancia abismal respecto a otras fotografías del género.[89]

Con las fotografías del genocidio nazi ocurre lo mismo, pues las aquí citadas fueron producidas en contextos, si bien diferentes, lejanos al frente de batalla o de desarrollo de acciones bélicas. En contraste con las fotografías tomadas en el campo de batalla, poseen marcas que denotan la ausencia del conflicto bélico, fácilmente distinguibles incluso para el público contemporáneo entre el cual circulaban. Las imágenes de los asesinatos en masa de los Eisatzgruppen, dan cuenta de aquel contexto de producción lejano a la guerra con bastante claridad: muchas veces representaban el final de una serie de imágenes donde se registraba la totalidad del proceso de exterminio, desde la humillación y burla hasta la muerte. Otra característica común es la exhibición de los prisioneros vivos frente a la cámara, siempre en primer plano y en actitud pasiva.

Vale destacar que casi todas las fotografías en las que se muestran el escarnio y los tormentos infligidos a los judíos orientales, los sujetos objeto de dichas burlas son varones. Esto se corresponde, fundamentalmente, con la representación estereotipada y exótica de los Ostjudenque circulaba en la propaganda nazi, en la que casi exclusivamente figuraban hombres.

Sin embargo, son muchas las fotografías de mujeres en los contextos de las masacres. Normalmente se las reunía desnudas frente a la cámara y se las fotografiaba en grupos (Fig. 16).[90] La propia situación excepcional del asesinato masivo, cuyo paisaje dantesco se revela en estas imágenes, sirve de escenario para la realización de estas violaciones simbólicas (que tienen como correlato innumerables episodios de abusos sexuales propiamente dichos) y de voyerismo. Estos procesos de erotización, cosificación y despersonalización ya estaban presentes en las fotografías coloniales de mujeres africanas (Fig. 14), donde también eran agrupadas de forma similar ante la cámara. Su justificación se correspondía con el registro antropológico de una excepcionalidad, el rasgo cultural de naturalizar la desnudez.

Todo esto, en definitiva, nos hace pensar en una “mirada colonial”, en relación al entramado de concepciones ideológicas que intervienen en estos acontecimientos visuales, que se confirma sobre todo en un género particular, tal como señalamos antes, que toma elementos de otros como el retrato y la fotografía etnográfica. Consideramos que esa particular forma de representación se halla estrechamente vinculada a las prácticas genocidas desarrolladas bajo el régimen nazi, activadas a partir de la cultura visual colonialista que pervivió en Alemania después de 1919 y que mantuvo una ceñida relación con las ideologías racistas, expansionistas y anticomunistas de la época. En este sentido, las correspondencias en la construcción de las figuras 9, 12 y 13, correspondientes al genocidio herero, y las imágenes 5 a 8, referidas a las masacres nazis, nos brindan un fuerte indicio de la continuidad de dicha mirada colonial.

 

Notas

[1] Los Einsatzgruppen (“grupos de operaciones”) eran grupos móviles de exterminio especiales formados por miembros de las SS, SD y otros miembros de la policía secreta de la Alemania Nazi. En el marco de la invasión a Polonia, estos escuadrones móviles actuaron como apoyo de las fuerzas armadas y, luego, desarrollaron un papel importante en la eliminación de la Intelligentsiapolaca. La invasión a la URSS (“Operación Barbarroja”), supuso un incremento notable en la escala de los asesinatos selectivos de estos grupos. En dicho contexto, su misión principal constituía matar a oficiales rusos, judíos y comisarios políticos.

[2] La OrdnungspolizeiOrPo, era una fuerza regular de policía uniformada en la Alemania nazi y la Europa ocupada por los alemanes, que existió entre 1936 y 1945. Janina Struk, Photographing the Holocaust. Interpretations of the evidence, New York, I. B. Tauris, 2005, p. 7.

[3] A mediados de marzo de 1942 aproximadamente un 75 u 80 por ciento de la totalidad de las víctimas del Holocausto continuaban aún con vida, pero apenas once meses después esos porcentajes se invirtieron. En el epicentro del Holocausto tuvo lugar una “breve e intensa oleada de asesinatos en masa”, cuyo foco principal fue Polonia. Christopher Browning, Aquellos hombres grises, Barcelona, Edhasa, 2011, p. 1. Asimismo, fue recién a partir de finales de enero de 1942 cuando los campos de concentración comenzaron a ser concebidos dentro de los planes genocidas nazis, como centros de exterminio y como centros para la mano de obra condenada a muerte Nikolaus Wachsmann, KL. Una historia de los campos de concentración nazis, Buenos Aires, Crítica, pp. 334-335.

[4] Judith Levin y Daniel Uziel, “Ordinary Men, Extraordinary Photos”, Yad Vashem Studies, n° 26 1998, pp. 281-282.

[5] Alexander Rossino, “Eastern Europe through German eyes: Soldiers’ photographs 1939–42”, History of Photography, vol. 23, n° 4, 1999, p. 214.

[6] Pierre Bourdieu, Un arte medio. Ensayo sobre los usos sociales de la fotografía, Barcelona, Gustavo Gili, 1998, p. 44.

[7] Nicholas Mirzoeff,Una introducción a la cultura visual, Barcelona, Paidós, 2003, p. 23.

[8] Vanessa Schwartz y Jeannene Przyblyski, “Visual Culture’s History: Twenty-First Century Interdisciplinarity and its Nineteenth Century Objects”, en: Vanessa Schwartz y Jeannene Przyblyski (eds.), The Nineteenth-Century Visual Culture Reader, London, Routledge, 2004, p. 10.

[9] Mirzoeff, op. cit., p. 34.

[10] Peter Burke,Visto y no visto: El uso de la imagen como documento histórico, Barcelona, Crítica, 2001, p. 158.

[11] Enzo Traverso, La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX, Buenos Aires, FCE, 2012, p. 187.

[12] Coincidimos con la propuesta de Daniel Feierstein de pensar al genocidio como una “práctica social”, es decir, como “una tecnología de poder peculiar”, como un modo específico de destrucción y reorganización de las relaciones sociales, cuyo eje no gira en torno al “aniquilamiento de poblaciones” sino en el modo distintivo en que se lleva a cabo como así también en “los tipos de legitimación a partir de los cuales logra consenso y obediencia” y asimismo en la consecuencias que produce tanto en los grupos victimizados como en los perpetradores y testigos. Ver Daniel Feierstein, El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina, Buenos Aires, FCE, 2007 y Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad, exclusión, exterminio, Buenos Aires, Ediciones del Puerto, 2008. En este sentido, la perspectiva colonial a la cual adscribimos aquí, se propone como un marco general para interpretar las posibilidades de la eliminación de grupos humanos a partir de un orden discursivo-material normalizador en el que lo étnico y lo político se articulan, evitando la subsunción o la dilución de lo político en una supuesta centralidad del racismo nazi. Vale recordar que los primeros campos de concentración nazis tuvieron como objetivo quebrantar la oposición política y deshacerse de los marginados sociales, ver Wachsmann, op. cit.. El estudio de Shelley Baranowski, Nazi Empire: German Colonialism and Imperialism from Bismarck to Hitler, New York, Cambridge University Press, 2011, por ejemplo, resulta muy interesante en este sentido, porque propone “historizar las obsesiones” del nazismo con el racismo, el colonialismo y el genocidio, considerando al imperio como un elemento central para comprender las ambiciones políticas, militares y demográficas desde la era Guillermina al régimen fascista de Hitler. Si bien señala que el nazismo se planteó como objetivo esencial la limpieza biológica y política para garantizar la supervivencia del pueblo alemán mediante la conformación de una nación étnicamente homogénea, enfatiza en que la lucha por el Lebensraum(“espacio vital”), comprendida en el marco de las aspiraciones imperialistas alemanas a largo plazo y de la competencia de Alemania con otros imperios, se concibió como el medio efectivo para materializar dichos objetivos. Su interpretación del genocidio como acto de autodeterminación y preservación nacional se deriva, así, de la centralidad de esta lógica imperial en sus argumentos antes que una motivación primordialmente racial.

[13] Struk, op. cit., p. 8. Una confianza en el “conocimiento a través de la visión” que se remonta a la Revolución Científica y cristalizó en la Ilustración y en el modo de experiencia “moderno” perceptivo/cognitivo que impregna el entretenimiento basado en la realidad y las tecnologías de la información del siglo XIX. Schwartz y Przyblyski, op. cit., p. 3.

[14] Ibidem, p. 17. Ver también Marta Noemí Penhos, “Frente y perfil”, en: Marina Baron Superville (coord.), Arte y antropología en la Argentina, Buenos Aires, Fundación para la Investigación del Arte Argentino, 2005.

[15] Patricia Hayes, Jeremy Silvester, y Wolfram Hartman, “Photography, history and memory” en: The Colonising Camera. Photographs in the Making of Namibian History, Athens, Ohio University Press, 1998, p. 5.

[16] Maiken Umbach, “Selfhood, Place, and Ideology in German Photo Albums, 1933-1945”, Central European History, vol. 48, 2015, pp. 338-339.

[17] Ibidem, p. 339.

[18] Struk, op. cit., p. 17.

[19] Ibidem, p. 23.

[20] Ibidem, p. 24.

[21] Ibidem, p. 57.

[22] Rossino, op. cit., p. 314.

[23] Idem.

[24] Struk, op. cit., p. 69.

[25] Ibid., p. 63.

[26] Rossino, op. cit., p. 314.

[27] Levin y Uziel, op. cit., p. 283.

[28] Rossino, op. cit., p. 314.

[29] Levin y Uziel, op. cit., p. 281.

[30] Ibidem, p. 285.

[31] Manoschek, Es gibt nur eines für das Judentum: Vernichtung. Das Judenbild in deutschen Soldatenbriefen 1939 – 1944, Hamburgo, Hamburger Edition, 1995.

[32] Ibidem, p. 289. Otras compilaciones de cartas de la Wehrmachty de conversaciones francas y espontáneas grabadas por los servicios de inteligencia aliados en las que los soldados alemanes hablan sin vacilar de sus crímenes cometidos y de la diversión propiciada por sus asesinatos también son tristemente ilustrativas en este sentido. Ver Marie Moutier (comp.), Cartas de la Wehrmacht, Buenos Aires, Crítica, 2015 y Sönke Neitzel y Harald Welzer, Soldados del Tercer Reich, Buenos Aires, Crítica, 2012.

[33] Rossino, op. cit., p. 315.

[34] Claudia Koonz, La conciencia nazi. La formación del fundamentalismo étnico del Tercer Reich, Barcelona, Paidós, 2005, p. 27.

[35] Ibidem, pp. 27-28.

[36] Ibidem, p. 28; Raul Hilberg, La destrucción de los judíos europeos, Madrid, Akal, 2005, p. 69.

[37] Rossino, op. cit., p. 315.

[38] Browning, op. cit., pp. 363-364.

[39] Idem.

[40] Rossino, op. cit., p. 315.

[41] Browning, op. cit., p. 364.

[42] Struk, op. cit., p. 64

[43] Levin y Uziel, op. cit., p. 281.

[44] Carol Aisha Blackshire-Belay, “German Imperialism in Africa: The Distorted Images of Cameroon, Namibia, Tanzania, and Togo”, Journal of Black Studies, vol. 23, n° 2, Special Issue: The Image of Africa in German Society, diciembre 1992, p. 235.

[45] Ian Kershaw, La dictadura nazi. Problemas y perspectivas de interpretación, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, pp. 193-194.

[46] Idem

[47] Idem

[48] Expresión comúnmente utilizada por los nacionalistas en los siglos XIX y XX para dar cuenta de la necesidad de Alemania de hacerse de nuevos territorios en la Europa Oriental.

[49] Literalmente “Fuerza de defensa”, fue el modo en que se denominó a las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi desde 1935 a 1945.

[50] Rossino, op. cit., p. 315.

[51] Ibidem, p. 317.

[52] Ibidem, pp. 319-320.

[53] Susanne Grindel, “Educating the nation. German history textbooks since 1900: representations of colonialism”, Mélanges de l’École française de Rome – Italie et Méditerranée modernes et contemporaines, Mélanges de l’École française de Rome – Italie et Méditerranée modernes et contemporaines[En línea], vol. 127 n° 2, 2015, publicado el 23 octubre 2015, http://mefrim.revues.org/2250;DOI:10.4000/mefrim.2250 (acceso, 10/3/2017).

[54] Idem.

[55] Idem.

[56] Idem.

[57] Willeke Sandler, “Deutsche Heimat in Afrika. Colonial Revisionism and the Construction of Germanness through Photography”, Journal of Women’s History, vol. 25, n° 1, primavera 2013, p. 48.

[58] Koonz, op. cit., p. 238.

[59] Sandler, op. cit., p. 40.

[60] Hayes, Silvester y Hartman, op. cit., p. 6.

[61] Sandler, op. cit., pp. 40-41.

[62] Volker Langbehn, German Colonialism, Visual Culture, and Modern Memory, New York, Routledge, 2010, p. 24.

[63] Ibidem, p. 23.

[64] Gisela Stappert, “Rolle und Funktion des ethnographischen Bildes von 1869 bis ca. 1920”, Paideuma, Bd. 55, 2009, pp. 155-157.

[65] Ibidem, pp. 158-159.

[66] Ibidem, p. 171. Stappert señala que los investigadores más jóvenes daban gran importancia al uso de la fotografía, en parte en combinación sistemática con el dibujo, de manera constructiva y experimental. Según ella, numerosos ejemplos dan testimonio del carácter creativo y estético de las imágenes etnográfica, que van más allá de los aspectos funcionales y documentales.

[67] Hayes, Silvester y Hartman, op. cit., pp. 6-7.

[68] Andrew Deas, Germany’s Introspective Wars. Colonial and Domestic Conflict in the German Press’ Discourse on Race 1904-1907, Massachusetts, Waltham University, 2009, pp. 26-33.

[69] Tilman Dedering, “The German-Herero War of 1904: Revisionism of Genocide or Imaginary Historiography?”, Journal of Southern African Studies, vol. 19, n° 1, Special Issue: Namibia: Africa’s Youngest Nation, marzo 1993, p. 83.

[70]Frank Chalk y Kurt Jonassohn, Historia y sociología del genocidio. Análisis y estudio de casos, Buenos Aires, Prometeo, Eduntref, 2010, p. 305.

[71] Birthe Kundrus, “From the Herero to the Holocaust? Some Remarks on the Current Debate”, Africa Spectrum, vol. 40, n° 2, 2005, p. 300.

[72] Ibidem, p. 303.

[73] Ibidem, p. 305.

[74] Idem.

[75] Ver Chalk y Jonassohn, , op. cit., pp. 312-320.

[76] Este concepto, que podría traducirse como “comunidad popular”, hacía referencia al ideal de una sociedad armoniosa, construida a partir del rechazo abierto a las diferentes “razas” como así también a la democracia, al liberalismo y, especialmente, al comunismo.

[77] Sandler, op. cit., pp. 37-38.

[78] El concepto fue elaborado a partir los aportes de las teorías racistas y pangermanistas que proliferaron en Alemania a fines del siglo XIX. Esta relación entre “sangre y tierra” da cuenta, al igual que en la significación del Lebensraum, de una concepción dinámica y móvil de la territorialidad, a diferencia de aquellas más fijas que surgieron en el marco de la creación de los Estados Nacionales.

[79] Ibidem, p. 39. Resultan muy interesantes al respecto el examen de las ideas expansionistas a partir de los estrechos vínculos entre la “tesis de la frontera” del historiador norteamericano Frederick Jackson Turner, la noción deLebensraumdel geógrafo alemán Friedrich Ratzel y las teorías geopolíticas de Karl Haushofer que presenta Carroll Kakel, P. III, “Pre-Nazi Discourse: Racial Imperialism”, en: The Holocaust as Colonial Genocide: Hitler’s ‘Indian Wars’ in the ‘Wild East’, Basingstoke, Palgrave McMillan, 2013.

[80] Sandler,op. cit., p. 38.

[81] Ibidem, pp. 38-39.

[82] Stappert,op. cit., p. 160.

[83] von Salzmann,Im Kampfe gegen die Herero, Berlin, Vierte Auflage, 1905.

[84] Rossino, op. cit., p. 319.

[85] Idem.

[86] Ibidem, p. 317.

[87] Struk, op. cit., p. 64.

[88] Ibidem, p. 63.

[89] En el sentido enunciado por Bourdieu, op. cit., p. 154.

[90] En este caso están en ropa interior, la que se les permitía volver a colocarse después de obligarlas a desnudarse.