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Dina Comisarenco Mirkin

Eclipse de siete lunas: muralismo femenino en México

Ciudad de México, Artes de México, Universidad Iberoamericana y Centro de Investigación y Estudios de Género de la UNAM, 2017, 264 páginas. ISBN: 9786074174649

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Karen Cordero Reiman

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Historiadora del arte, curadora y escritora. Es autora de múltiples publicaciones sobre el arte de los siglos XX y XXI, sobre todo con respecto a las relaciones entre el llamado arte culto y el llamado arte popular en México; la historiografía y crítica del arte; cuerpo, género e identidad sexual en el arte mexicano, y políticas museísticas y curatoriales. También ha tenido una participación constante en el ámbito museístico, con actividades de curaduría, asesoría e investigación.





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Karen Cordero Reiman; “Dina Comisarenco Mirkin, Eclipse de siete lunas: muralismo femenino en México, Ciudad de México, Artes
de México, Universidad Iberoamericana y Centro de Investigación y Estudios de Género de la UNAM, 2017, 264 páginas. ISBN: 9786074174649”. En caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA). No 13 | Segundo semestre 2018.

En Eclipse de siete lunas: muralismo femenino en México, Dina Comisarenco Mirkin ha realizado una magnífica y rigurosa labor de rescate arqueológico de la obra mural realizada por mujeres en el siglo XX en México. A través de un cuidadoso trabajo de investigación, ha reconstruido un panorama de creación femenina a lo largo de la centuria en un campo donde había sido invisibilizada la acción de las mujeres, por olvido y por argumentos misóginos sobre su capacidad física y artística.

Como estudiosa del arte mexicano del siglo XX, un campo cuya historiografía fue dominada durante más de medio siglo por el muralismo, Comisarenco observó la sistemática ausencia o la presencia mínima de mujeres en la historia escrita sobre estas creaciones monumentales, tradicionalmente asociadas a la masculinidad. Asimismo, a pesar de que en el libro Inventario del muralismo mexicano de Orlando Suárez de 1972 se mencionan un número significativo de obras realizadas por mujeres, éstas constituyen sólo 33 entre 260, es decir, un 13% del grupo. Como indica Comisarenco en la introducción del libro, las mujeres muralistas “entraron en un ámbito profesional tácitamente prohibido para el género, quebrantaron todo tipo de reglas y tabúes tradicionales, y desafiaron los valores otorgados a una forma artística notable, que fue adoptada en México por el paradigma patriarcal”.

Muchas veces al ver libros –contundentes, elocuentes y bellos como este– no nos damos cuenta de lo que implica hacerlos: realizar la investigación que los sustenta, dar forma a la narrativa, y luego gestionar y dar seguimiento a su edición. En este caso, pasaron más de seis años entre que Comisarenco inició esta detallada investigación y la salida de la publicación. Cuando la denomino como una investigación arqueológica, no lo hago gratuitamente. Investigar a las mujeres artistas en general implica desempolvar archivos que con suerte han resguardado las artistas o sus familias (casi nunca están en las instituciones que supuestamente se dedican a su preservación: en México, el Archivo General de la Nación, el CENIDIAP o los fondos reservados universitarios), organizarlos en muchos casos, y desentrañar los hilos que permiten tejer un tapiz en el que se entrevén nuevos patrones. Asimismo, en muchos casos implica emprender pesquisas para saber si las obras documentadas en bocetos, apuntes, escritos o fotografías todavía existen, y diligenciar citas y viajes para tratar de verlas, estudiarlas y registrarlas. Y por supuesto, entrevistar a las creadoras que todavía están con nosotrxs, así como a sus familiares y colegas, para complementar la historia documental y los registros visuales con la historia oral. Todo esto para luego enfrentar los descubrimientos recopilados y recuperados con el relato canónico y articular “otro modo de contar” la historia –Another Way of Telling, para parafrasear al magnífico escritor inglés John Berger–.

En el caso de Eclipse de siete lunas, Comisarenco resalta este “otro modo de contar” por medio de la utilización de las mismas voces de las muralistas estudiadas para pautar su relato, titulando cada capítulo con una frase o anécdota de las protagonistas de su narrativa. Así encontramos “En busca de ‘paredes para pintar’” que introduce el trabajo de seis artistas norteamericanas que llegaron a México en la década de 1920 para participar en el efervescente movimiento de pintura mural: Ione Robinson, Marion Greenwood, Grace Greenwood, Ryah Ludins, Lucienne Bloch y Eleanor Coen. Sigue el capítulo “Contra el monopolio de ‘Los tres grandes’” que recoge la actividad pionera de Aurora Reyes, el colectivo de los Fridos y María Izquierdo en el periodo clave para la consolidación del muralismo mexicano entre 1930 y 1950. En el apartado subsecuente, titulado con la pregunta “¿Suyo, suyo todo?” y el subtítulo “Permanencias y transformaciones” se detallan las aportaciones claves de Elena Huerta, Olga Costa, Rina Lazo, Fanny Rabel y Remedios Varo al campo de la pintura monumental en la década de 1950. Bajo un título que inicia con todavía otra pregunta, “‘¿Y por qué no?’: pintar y romper prejuicios”, la autora examina el trabajo de las mujeres que se incorporaron al campo de la pintura mural en la década de 1960: Elvira Gascón, Electa Arenal y las muralistas que participaron en el proyecto del Museo Nacional de Antropología (Valetta Swann, Regina Raull, Nadine Prado y Leonora Carrington). Y en la última sección, con la denominación “‘Un gran regalo para la vida’: el arte y las voces feministas” se abre el libro a las transformaciones artísticas y sociales que caracterizan la década de 1970 en México, por medio del abordaje de la producción mural de Lilia Carrillo, Sylvia Pardo y Maris Bustamante –más conocida por su trabajo posterior en el arte conceptual y el performance feminista–. Los títulos no sólo añaden un carácter poético: en su conjunto, mantienen muy presente el carácter de búsqueda, cuestionamiento, resistencia y compromiso que caracteriza el proceso del muralismo femenino en el país.

El libro recopila y relata los datos biográficos de las creadoras, detallando el entrelazamiento entre sus vidas personales y profesionales, aspecto fundamental para un acercamiento desde una perspectiva de género que parte de la convicción feminista de que lo personal es también político. Asimismo, la autora ha estudiado in situ y registrado fotográficamente las obras de mujeres muralistas, así como la documentación de obras que no llegaron a realizarse o que fueron destruidas. Y ha indagado en la interpretación histórico-artística de estas producciones para detallar la especificidad de la obra de cada artista y a la vez su relación con el entorno estético y social en la que se envuelve.

Entre las protagonistas de esta apasionante historia encontramos tanto a artistas muy poco conocidas, como a figuras más connotadas pero cuyo trabajo en el muralismo no se había estudiado con detalle. El libro también da cuenta de los múltiples lazos transnacionales que se evidencian en la presencia de artistas extranjeras o de origen extranjero en México y en las estancias de artistas mexicanas en otros países, y ofrece así un nutrido panorama de tendencias estéticas que enriquece nuestra concepción de la diversidad, el desarrollo y la vigencia del muralismo.

La división de los capítulos por etapas históricas permite detallar los contextos artísticos, sociales y políticos en los que se ha desarrollado el trabajo de las muralistas en México, resaltando que no se trata de una historia aparte, ni de un simple añadido de información al relato del arte mexicano del siglo XX, sino de una reconsideración y reconfiguración de la macronarrativa del arte mexicano moderno y contemporáneo a partir de la lente del muralismo femenino, y de un proceso que se integra a otros procesos culturales en un entretejido complejo y sugestivo. Así, en la introducción de cada uno de los capítulos, Comisarenco presenta una síntesis del contexto en que no sólo analiza los sucesos y debates principales en el campo de la cultura, la política, el arte y en específico el muralismo en cada etapa, sino también los procesos relativos al desarrollo del feminismo en México, incluidos sus logros, frustraciones y retrocesos. De esta manera, Eclipse de siete lunas presenta de forma contundente al arte como un componente definitivo de esta lucha y como un elemento indispensable del activismo feminista, a la que las acciones de las artistas contemporáneas estudiadas en el último capítulo y sus sucesoras han dado una continuidad más evidente.

Esto evidencia la aportación no sólo a la historia de las mujeres artistas sino a la historia del arte mexicano en general, de la metodología feminista de la autora, que no parte de un tratamiento de “grandes genios” cuyo trabajo supuestamente se produce y se significa en aislamiento de su contexto (una de las ficciones del patriarcado) sino que reconoce que el arte siempre forma parte de un proceso social y cultural articulado por relaciones de poder geopolíticas, de clase, de etnia y, por supuesto de género; y que entenderlo así nos permite comprendernos como parte de una comunidad en la que necesitamos los unos de los otros, y las unas de las otras –el mismo lenguaje insiste en separarnos como humanidad y habría que renovarlo– para poder resistir a los ímpetus de fragmentación que nos violentan como individuos y como sociedad.

Aunque el volumen se concentra en la producción de mujeres muralistas de las décadas de 1920 a 1970, da pauta, como bien señala Comisarenco en sus conclusiones, no sólo para profundizar en las múltiples posibilidades que abre para futuras investigaciones de este mismo periodo, sino para analizar desde una perspectiva más contextualizada y situada, las iniciativas más recientes de mujeres en el ámbito del muralismo y el arte público, así como para estimular –a partir de una mayor conciencia histórico-artística– nuevas iniciativas creativas.