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Fotografiar lo invisible. Rayos X, medicina experimental y cultura visual en la Argentina (1896-1910)

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> autores

María Claudia Pantoja

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Licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Tucumán. Tesista de la Maestría en Historia del Arte Argentino y Latinoamericano (IDAES-UNSAM). Becaria del Ministerio de Cultura de la Nación, Ex -Becaria Consejo de Investigaciones UNT, Biblioteca Nacional Mariano Moreno y Asociación de Universidades del Grupo Montevideo (AUGM). Especialidad: cultura visual, vínculos entre fotografía y prácticas científicas.

Recibido: 10 de abril de 2017

Aceptado: 03 de octubre de 2017





Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

> como citar este artículo

María Claudia Pantoja; «Fotografiar lo invisible. Rayos X, medicina experimental y cultura visual en la Argentina (1896-1910)». En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA). N° 11 | Año 2017 en línea desde el 4 julio 2012.

> resumen

Este artículo estudia la recepción de la tecnología de rayos X en la Argentina, sus primeros usos médicos y el impacto de la experimentación con radiaciones en la cultura visual del período. Asimismo, analiza el vínculo con la fotografía y sus problemas epistemológicos en el marco de la cultura impresa de entresiglos y la ‘ciencia imaginada’ de la divulgación periodística. La producción de conocimiento científico es considerada aquí como una práctica comunicativa que circula por diversos espacios geográficos en diferentes soportes y no como un fenómeno local. Es por ello que se relevaron medios gráficos en donde se difundió la nueva técnica: revistas científicas, tales como Anales de Círculo Médico Argentino y Semana Médica, pero también prensa periódica y publicaciones ilustradas, como lo fueron La Nación, La Agricultura y Caras y Caretas.

Palabras clave: Argentina, cultura visual, rayos X, fotografía, medicina

> abstract

The purpose of this research is to study not only the introduction of X-rays in Argentina and the following medical uses, but also to enquire into the impact radiation experiments had on the visual culture of the time. Further, it aims to analyze the link with photography and its epistemological concerns within the print culture and ‘imagined science’ as envisioned at the turn of the century. Considering the production of scientific knowledge an instance of communicative action and media flowing throughout several geographical areas and not as mere local phenomena, it was deemed necessary to work with the print media which covered this new technique; not only scientific journals such as Anales de Círculo Médico Argentino y Semana Medica, but also newspapers and illustrated publications as La Nación, La Agricultura and Caras y Caretas.

Key Words: Argentina, visual culture, X rays, photography, medicine

Fotografiar lo invisible. Rayos X, medicina experimental y cultura visual en la Argentina (1896-1910)

Introducción

Wilhelm Röntgen (1845-1910), físico alemán de la Universidad de Würzburg, hizo público en enero de 1896 los resultados de sus investigaciones con un tipo de radiación desconocida al que decidió bautizar “X”. Comprobó que la radiación electromagnética producida por el tubo de Crookes y la bobina de Ruhmkorff se atenuaba en función de la densidad de los materiales interpuestos, lo que le permitía obtener imágenes del interior de objetos y seres vivos que tuvieran partes de diferente densidad, mediante la exposición a una placa fotográfica sensibilizada. El anuncio del descubrimiento a la comunidad científica y su difusión estuvieron acompañados de una imagen que causó gran impacto: la impresión ‘fotográfica’ de los huesos de la mano de Bertha Röntgen (1833-1919), esposa del físico. Fue la primera vez que el mundo pudo visualizar el interior de un cuerpo humano vivo sin necesidad de diseccionarlo.

La visión, sentido insigne de la ciencia moderna, necesitó tanto de métodos de selección, clasificación y archivo como de invenciones materiales, aparatos e instrumentos que acompañaran las prácticas de campo y laboratorio. Los instrumentos ópticos, tales como las lentes telescópicas, la cámara oscura, la cámara clara y el microscopio fueron fundamentales para la creación de un corpus de conocimiento, basamento de la ciencia de los siglos XIX y XX. Asimismo, fue necesario ‘medializar’[1] las observaciones, inscribirlas en un dispositivo material estable que fuera móvil y de potencial utilidad para la comunidad científica.[2] Este procedimiento creaba la posibilidad de ampliar la constatación por terceros, estrategia fundamental en la admisión o rechazo de una determinada teoría y, asimismo, facilitaba la difusión del conocimiento también por fuera del campo científico. En este sentido, la experimentación con rayos X, sus aciertos y sus equívocos, estuvo muy vinculada a la fotografía, dispositivo que une en su funcionamiento a la física (captación de una imagen mediante la óptica) y a la química (fijación de la imagen en un soporte). Su utilización recorrió el sinuoso camino de la prueba y el error, y de ningún modo puede decirse que su legitimidad hubiera estado exenta de tensiones dentro de la comunidad científica.[3]

En este trabajo es nuestra intención estudiar la recepción de la tecnología de rayos X en la Argentina, a fines del siglo XIX, sus primeros usos médicos y el impacto de la experimentación con radiación en la cultura visual del período. Asimismo, nos preguntamos, por los soportes materiales en donde circula el conocimiento científico, sus imágenes y los problemas epistemológicos suscitados a partir de ellas. Tanto la técnica radiológica como las radiografías, fotografías, caricaturas y fotomontajes asociadas a ella, transitaron con éxito por diferentes geografías gracias a la materialidad provista por el papel impreso y sus técnicas de reproducción de imágenes. El consumo y circulación de revistas científicas, periódicos y semanarios ilustrados a ambos lados del Atlántico son indicios de la existencia de una cultura visual mundializada, con curiosidades e intereses similares, en este caso, una enorme avidez por ‘lo científico’. En este sentido, hemos limitado el período a estudiar a los primeros quince años luego del hallazgo de Röntgen, momento de efervescencia mundial por los rayos X, técnica que vino a reforzar la fe decimonónica en el progreso y la ciencia. Durante esta etapa predominaron las expectativas por ampliar los conocimientos alrededor de esta y otras radiaciones y sus posibles usos. Los peligros potenciales para la salud humana fueron, en algunos casos, desconocidos y, en otros, simplemente dejados de lado.[4]

Siguiendo las propuestas de la historia cultural de la ciencia, estudiaremos prácticas científicas asociadas a las imágenes técnicas, consideradas aquí “objetos operativos para las ciencias”.[5] Por su parte, James Secord considera que la producción de conocimiento científico debe ser estudiada como una “acción comunicativa” que circula por diversos espacios geográficos en diferentes soportes y no como fenómenos aislados locales.[6] Para los estudios visuales, las imágenes son “herramientas para la decodificación de la experiencia social, la conformación de identidades y las relaciones colectivas”.[7] Dentro de este marco conceptual, en Argentina se han realizado pesquisas que se ocupan de la cultura impresa[8] y la historia de la fotografía,[9] fundamentales para comprender las características particulares de la producción y reproducción de imágenes en estas latitudes.

En este sentido, relevaremos las primeras experimentaciones con rayos X en Argentina en las revistas científicas especializadas, tales como Anales de Círculo Médico Argentino y Semana Médica, pero también tendremos en cuenta la prensa periódica y publicaciones ilustradas de la época, como lo fueron La NaciónLa Agricultura y Caras y Caretas, exponentes de una cultura impresa en expansión.

Si bien para Europa y Estados Unidos existe una amplia bibliografía de la difusión y utilización de la tecnología de rayos X,[10] en Argentina los escasos trabajos que han abordado estos temas otorgan especial importancia a los hitos de la técnica,[11] mientras que otros se limitan al estudio de las trayectorias de los médicos pioneros de la radiología.[12] En lo relativo a la popularización y circulación de estas prácticas en ámbitos no científicos, es menester mencionar la investigación de Soledad Quereilhac, quien –a partir de un estudio de la prensa periódica finisecular– propone la existencia de una “ciencia imaginada” vinculada a las representaciones de ‘lo científico’ que incluía también experimentos con radiación, espíritus y magnetismo.[13]

 

Los rayos X: recepción y primeros usos en la medicina

La sorprendente noticia del hallazgo de Röntgen se difundió con rapidez y fueron muchos los gabinetes que contaron con los materiales y conocimientos necesarios para realizar el experimento. En este proceso, los científicos se asociaron con fotógrafos profesionales o aficionados que manejaran las placas sensibles en donde se imprimían imágenes que llamaron “fotografías de lo invisible”.[14] Los resultados fueron presentados ante las academias de ciencias locales, publicados en revistas científicas y, en muchas ocasiones, también en medios masivos. Es necesario tener en cuenta que, a pesar de su relativa facilidad para la repetición en los diferentes gabinetes, la técnica presentaba problemáticas que serían resueltas y ajustadas con el pasar del tiempo por la comunidad científica global. Cuestiones tales como distancia, graduación de la intensidad, tiempo de exposición y, más tarde, sus peligros, serían objeto de un continuo ensayo y error hasta bien entrado el siglo XX. Y al igual que lo sucedido con la técnica fotográfica, estos ajustes posteriores fueron tan importantes para su aplicación concreta como el hallazgo mismo de Röntgen.

Los diarios de Europa y de América siguieron las actividades en los gabinetes con entusiasmo y expectativas. De un modo similar, en Argentina existía en 1896 un dinámico espacio de circulación de las novedades científicas, el lector podía estar al tanto de los avances más relevantes por medio de las publicaciones extranjeras que llegaban al puerto de Buenos Aires, así como mediante cables telegráficos[15] recibidos por periódicos como La Nación. En ese diario, entre enero y marzo se editaron al menos doce pequeños artículos que hacían referencia a la experimentación y uso de los rayos de Röntgen en Europa y en la Argentina. De un modo similar, dentro del estrecho campo científico argentino las noticias sobre las aplicaciones y aparatos de rayos X transitaron a través de revistas científicas y de divulgación como Anales del Círculo Médico Argentino, Semana Médica o La Agricultura.

En el paso del siglo XIX al XX las revistas científicas cumplieron un destacado rol en la circulación de información, imágenes y debates. En sus páginas se traducían artículos y se opinaba sobre lo que era propuesto en otras latitudes. De este modo, estas publicaciones colaboraron en la vinculación de los científicos locales con una amplia red de profesionales. En el caso de las revistas de medicina, se discutían cuestiones inherentes a la salud pública, la enseñanza de la medicina, la profesionalización y especialización de la disciplina, además de la difusión de casos clínicos nacionales y extranjeros que eran de interés para la comunidad científica. Sus ejemplares eran distribuidos a sus suscriptores y, en ocasiones, se canjeaban por publicaciones similares. De este modo, se incrementaba la circulación de saberes clínicos y técnicas terapéuticas que se estaban practicando en diferentes lugares del mundo.

Los Anales del Círculo Médico Argentino comenzaron a publicarse en 1875 a partir de la iniciativa conjunta de estudiantes y jóvenes egresados de la carrera de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, quienes bregaban por una reforma de la currícula y ciertas prácticas de gobernabilidad universitaria, pero también por la promoción de las ciencias experimentales en la ‘escuela médica’ local. Para ello, conformaron una biblioteca y fomentaron actividades científicas y recreativas entre las que la revista fue una de las más relevantes.[16] Por su parte, La Semana Médica comenzó su edición en 1894 dirigida por el médico tucumano Tiburcio Padilla y tuvo como colaboradores a Francisco de Veyga, José Penna, Alfredo Lagarde, entre otros. En ella predominaron los artículos científicos por sobre los gremiales, poniendo especial énfasis en la “medicina práctica”. También se publicaban actas de las reuniones de la Sociedad Médica Argentina, resoluciones del Departamento Nacional de Higiene y de la Dirección General de la Asistencia Pública.

Roberto Ferrari, a partir de noticias publicadas en La Nación y La Agricultura, sostiene que el primer ensayo exitoso con ‘los rayos de Roentgen’ estuvo en manos de un grupo compuesto por los ingenieros Eduardo Aguirre y Manuel Bahía, los fotógrafos Martín F. Widmer (con contactos en la Universidad de Hamburgo) y E. Levi del Departamento Nacional de Higiene.[17] El 12 de marzo de 1896, a solo meses del anuncio europeo, presentaron en la Facultad de Ciencias Exactas, ante un público “distinguido”, ensayos del descubrimiento de Röntgen, así como varias pruebas obtenidas previamente. El semanario ilustrado La Agricultura publicó en su detallada crónica del acontecimiento un grabado en donde representó en imágenes el aparato utilizado por Bahía, Aguirre y Widmer para la obtención de radiografías. Allí puede verse el tubo de Crookes (A) y su conexión a la bobina de Ruhmkorff (X), un diafragma con estaño (B), el cartucho de papel negro en el que está el objeto a ser “fotografiado”, la plancha fotográfica (P), la hoja de plomo de 12 mm de espesor (F) y una “prensa de copiar fotografías” (G).[18] (Fig. 1)

Entre las pruebas previamente realizadas se encontraba una imagen radiográfica de un pejerrey que “llamó más la atención al público” y fue obsequiada al Ministro de Instrucción Pública, Antonio Bermejo.[19] La célebre radiografía fue puesta en circulación y a la vista de un público más amplio gracias al grabado realizado por el artista Augusto Ballerini,[20] en ese momento colaborador de La Nación. En palabras del diario:

«Hoy anticipa La Nación la más perfecta de las fotografías que se hicieron hace tres días a título de ensayo. Es a un pequeño pejerrey que le cabe el honor de ser editado por millares de reproducciones. Se distinguen perfectamente las vértebras del pescadito y las vísceras se ven también bastante claras.»[21] (Fig. 2)

El acceso limitado a los aparatos y herramientas, muchos de los cuales debían importarse especialmente desde Europa, no fue un impedimento para que los médicos argentinos experimentaran con rayos X en variados lugares del país. La curiosidad e iniciativa de algunos individuos y sus relaciones personales, laborales y científicas hicieron posible que los ensayos llegaran con celeridad a lugares distantes de la capital.

Por ejemplo, apenas unos meses más tarde a la presentación pública de los rayos de Röntgen en Alemania, el médico rosarino Tomás Varsi experimentó en el hospital de Bahía Blanca con aparatos traídos desde Alemania por intermediación del cónsul en ese país, Diego Meyer.Con ellos realizó una demostración pública en donde se radiografió “el tórax de los individuos más flacos, actos que llenaron de asombro a la concurrencia” y que culminó con la firma de un acta y la realización de la radiografía de la mano del Intendente Jorge Moore.Varsi continuó utilizando esta tecnología en el hospital y en 1902 publicó un resumen estadístico de las cirugías realizadas en Bahía Blanca con radiografías del corazón, su especialidad.[22]

Por su parte, los hermanos ingleses Leach, dueños del ingenio La Esperanza en la provincia de Jujuy, junto con su maquinaria azucarera, importaron una bobina de Ruhmkorff, tres tubos de Crookes y una pantalla radioscópica. Con este instrumental, el médico británico William Paterson (1871-1946) montó en 1896 un gabinete de rayos X en el hospital del ingenio. Hacia 1900 experimentó con radiación para el tratamiento de tumores y carcinomas de un modo similar al que lo hicieron los médicos de la capital.[23]

A partir de estos ejemplos es posible afirmar que la rápida expansión de la técnica no se hizo necesariamente desde Europa hacia Buenos Aires y luego al resto del país, sino que se dio más bien de modo simultáneo gracias a la intervención de europeos que se encontraban insertos en el territorio en diferentes actividades científicas o empresariales. Su intermediación fue necesaria para la importación de elementos y el montaje de laboratorios radiográficos.

A pesar de que la experimentación pionera de marzo de 1896 tuvo como protagonistas a dos ingenieros, fueron los médicos quienes se apropiaron de la técnica de un modo similar a como lo hicieron sus colegas de Europa y América. La medicina llevaba en Argentina un par de décadas consolidándose como profesión[24] y presentaba, hacia el fin de siglo, inquietudes por la experimentación biomédica.[25] En los meses posteriores al descubrimiento de Röntgen, las revistas médicas argentinas tradujeron y reprodujeron numerosas crónicas de sus pares extranjeras que permitieron a la comunidad local estar al tanto de lo que sucedía en las grandes capitales. Estas revistas eran obtenidas a través de la suscripción o el canje y en ellas se relataban experimentos, observaciones sobre la utilización y posibles aplicaciones de la nueva técnica. Un ejemplo de este tipo de artículos es el de G. Lasserre (Burdeos-Francia) “A propósito de los rayos de Roentgen”[26] del 19 de marzo de 1896, o “Los rayos Roentgen”[27] del 24 del mismo mes, ambos publicados en Semana Médica.

De este modo, los médicos argentinos comenzaron a estudiar posibles usos profesionales para la nueva técnica: en julio de 1896 el médico Joaquín López Figueroa (1868-1926), presentó en los Anales del Círculo Médico Argentino un texto en donde sostuvo que “la aplicación de los rayos de Röntgen será un precioso medio para reconocer el sitio preciso del rasgo de la fractura, economizando sufrimientos al enfermo”.[28] Otro ejemplo temprano es el caso de Andrés F. Llobet, cirujano del Hospital Rawson, quien escribió un artículo para Semana Médica en septiembre de 1896 llamado “Pseudo artrosis del radio” acompañado de una imagen radiográfica del brazo del paciente luego de una intervención quirúrgica exitosa. (Fig. 3) En el texto se consignaba que “La fotografía fue obtenida con los elementos del Sr. Llobet en su casa particular por el practicante Sr. Leopoldo Uriarte”.[29] Desde su primer número, en 1894, la revista reproducía fotografías, aunque éstas eran todavía escasas en 1896. La inclusión de esta radiografía en la primera página del semanario resulta de especial interés por haber sido reproducida con el nuevo método del medio tono, técnica que producía imágenes de gran calidad y similitud con el cliché original.

Si bien Roberto Ferrari interpretó la poca atención prestada por parte de las revistas científicas al pionero ensayo en la Facultad de Ciencias Exactas como una falta de interés por la nueva tecnología y la experimentación;[30] a partir de las fuentes ya citadas, proponemos que –por el contrario– la comunidad científica local (compuesta en su mayoría por médicos) estaba interesada y al tanto de los debates internacionales en materia de investigaciones sobre rayos X y se lanzó, lo más pronto que pudo, a realizar sus propias radiografías y a buscarles utilidades clínicas y quirúrgicas.

La institucionalización de los rayos X en las aulas universitarias argentinas y sus sanatorios debió mucho a la iniciativa del médico Jaime Costa (1860-1909) quien venía enseñando la técnica radiológica desde 1897 en la materia Física Médica. En su manual de cátedra,[31] Costa explicaba en detalle el funcionamiento de la maquinaria y las maneras de obtener imágenes del interior del cuerpo, así como los avances realizados en tan solo un año de experimentación. En 1902, Carlos Heuser (1868-1934) editó su tesis que incluyó cuatro fotografías y siete radiografías. (Fig. 4) El texto es un detallado reporte de los múltiples usos de los rayos X, pero también una minuciosa guía práctica. Heuser contó con la ayuda del fotógrafo, ‘Sr. Beck’, quien asistió al estudiante en la elaboración y experimentación con placas sensibles adecuadas a los tiempos de exposición de los distintos tipos de radiografías.[32] Estas distintas aplicaciones de los rayos en la medicina dan cuenta de cómo la nueva especialidad comenzaba a configurarse como tal. Es así como en 1917 se fundó la Sociedad Médica de Radio y Electrología (más tarde Sociedad Argentina de Radiología) presidida por Alfredo Lanari (1879-1930) y Humberto Carelli (1868-1963), discípulos de Jaime Costa. Dos años más tarde, Lanari fue elegido Decano de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, cargo desde donde propició la creación de la cátedra de Radiología separada de la de Física Médica en 1920.

Resulta interesante remarcar que muchos de los médicos involucrados en el empleo de rayos X tenían experiencia previa en el manejo de la electricidad (habilidad necesaria para la puesta en funcionamiento de los equipos) y practicaban la ‘electroterapia’, que comprendía un abanico de técnicas variadas como la “faradización, las corrientes continuas, la electrólisis, la galvanocáustica y la franklinización”.[33] Estos tratamientos eran utilizados para tratar dolencias traumatológicas tales como lumbalgia, reumatismo, gota, tortícolis, etc; pero también patologías mentales como “neuralgias, histerismo, insomnio y enfermedades diatésicas”.[34] Al momento del hallazgo de Röntgen, tanto Costa como sus discípulos de la cátedra, Carelli y Lanari, se desempeñaban en los Servicios de Electroterapia del Hospital de Clínicas (más tarde Instituto de Fisioterapia) y del Hospicio de las Mercedes, hospital psiquiátrico para varones.[35] Por su parte, Heuser trabajaba en la Sección de Electroterapia del Hospital Nacional de Alienadas,[36] institución para mujeres diagnosticadas con enfermedades mentales. No obstante esta temprana asociación, ninguno de ellos se dedicó a la psiquiatría; todos hicieron carrera como radiólogos especializados en distintas zonas del cuerpo humano.[37]

 

Fotografía, rayos X y ciencia imaginada

Una vez adquirida cierta experiencia en el manejo de la nueva tecnología, la comunidad médica internacional comenzó a preguntarse acerca de la utilización de las imágenes radiográficas y su status epistemológico. La asociación con la técnica fotográfica fue inmediata, aunque no del todo acertada ni exenta de cuestionamientos. Artículos en medios de prensa masivos, así como los primeros manuales científicos la llamaron “fotografía a través de los cuerpos opacos” o “fotografía de lo invisible”. Este vínculo no fue una mera cuestión de semántica equívoca: ciertos fotógrafos estuvieron efectivamente involucrados en la experimentación, algunos convirtieron sus estudios en laboratorios con capacidad de satisfacer las necesidades de producción de este tipo de imágenes para diversos públicos. En Argentina tenemos noticias de profesionales como Beck, E. Levi e inclusive la famosa casa Witcomb como participantes activos en los ensayos.[38] La asociación de la fotografía con los rayos X fue tenaz y tuvo un enorme impacto en la recepción social de estas imágenes.

La categorización de la radiografía como fotografía guardaba ciertas contradicciones en el campo de lo epistemológico, dado que el modelo de visión sugerido por la nueva técnica desafiaba las creencias sostenidas por la modernidad sobre las maneras de adquirir conocimiento. Tal como lo señala Corey Keller, el modelo de visión mecanizada de la fotografía fue utilizada para sustentar un método científico basado en la fe en un mundo cognoscible empíricamente, pero sobre todo visible.[39] Este debate internacional no fue ajeno a los medios de comunicación argentinos, por ejemplo, el médico español Letamendi planteó en Semana Médicaserias objeciones a que se le llamara fotografía a la radiografía,

«[…] pues si fotografía significa diseño trazado por la misma luz […] resulta que anunciar fotografías a través de los cuerpos opacos, vale lo mismo que prometer fugas de presos a través del muro de la cárcel […]. Yo sé de un joven, que, enamorado loco de una vecina suya, de las de pared por medio, se las prometió muy felices al leer la noticia de tan diabólica invención, contando con que […] podría él, a través de la pared medianera, sacar un cliché de ella, en paños menores o mínimos, y aun sin paños: al natural absoluto.»[40]

Letamendi advertía las confusiones que suscitaba que se le llamara fotografía a algo que no lo era y las fantasías que despertaba en la sociedad la técnica radiográfica al ser asociada a una herramienta que hasta ahora había servido para el registro del mundo de lo visible.

Trabajos históricos en diferentes países han mostrado cómo el descubrimiento de los rayos X impactó en diversos aspectos de la cultura popular finisecular,[41] éstos consiguieron despertar miedo, curiosidad y fascinación, dentro y fuera del campo científico: físicos, médicos, fotógrafos, inventores y animadores de espectáculos se dedicaron a experimentar con ellos. El nuevo medio de visualización estimuló la imaginación popular y el interior del cuerpo humano se convirtió en un tema recurrente de caricaturistas e ilustradores.[42]

La experimentación con radiación y la creación de radiografías coincidió con la aparición de tecnologías gráficas y fotográficas que hicieron viable una enorme producción, reproducción y circulación de imágenes en todos los ámbitos de la cultura y la sociedad finisecular,[43] proceso que potenció las posibilidades de su difusión en la prensa periódica. Refiriéndose al caso argentino, Soledad Quereilhac sostiene que

«La divulgación periodística pareció reservarse para sí un tratamiento ‘maravillado’, asombrado y laudatorio de los descubrimientos científicos, al presentarle al público informaciones tamizadas previamente con un prisma de asombro positivo, y al transmitir la confirmación de un progreso indefinido.»[44]

El diario argentino La Nación presentaba con frecuencia notas sobre cuestiones científicas y, a partir del anuncio público de los rayos X, cubrió semana a semana las novedades europeas y locales sobre el hallazgo, dando cuenta de nuevas teorías, así como de los ensayos en distintos países. El 15 de febrero de 1896 editó un artículo llamado “La fotografía a través de los cuerpos opacos” y con él un dibujo grabado de la famosa radiografía de la mano de la esposa de Wilhelm Röntgen. Si bien desde 1894 circulaban en la Argentina fotografías impresas mediante la nueva tecnología del fotograbado de medio tono,[45] que reproducía imágenes de alta calidad, se trataba aún de una técnica muy reciente y reservada casi con exclusividad a los llamados periódicos ilustrados.[46] Los matutinos y vespertinos no adoptaron esta tecnología sino hasta más entrado el siglo XX.

El texto de La Nación afirmaba que: “Diríase que el grabado que hoy reproducimos es el de una preparación anatómica, tan nítidamente se ven las articulaciones con todos los detalles de los ligamentos y las membranas sinoviales”.[47] Es notoria, para nuestros ojos contemporáneos, la libertad que se tomó el artista a la hora de realizar el pasaje de la radiografía al dibujo y luego a la plancha para su impresión. Mientras que una radiografía no puede mostrar (aun hoy) más que sombras que distinguen entre materia de diferente densidad, en este caso además de metal (un anillo), huesos y piel, la ilustración muestra también tendones y músculos con un nivel de detalle que no son factibles de ver con esta técnica. En contradicción con la intención discursiva del texto que pretende convencernos de que así luce una imagen tomada mediante los rayos de Röntgen, lo publicado, de hecho, se parece más a la representación de una preparación anatómica que a una radiografía. (Fig. 5) Es posible relacionar esta equívoca representación con el amplio espacio que existía en los medios de comunicación para la “ciencia imaginada”.[48] Su origen no está consignado en la nota, tampoco su autor, pero es probable que procediera de un periódico extranjero que, a su vez, se habría basado en la radiografía de la mano de Bertha Röntgen que circuló por varios medios de prensa europeos. Resulta de sumo interés que esta versión haya sido una de las primeras imágenes ‘radiográficas’ que visualizaron los lectores de periódicos en Argentina.

De un modo similar a como lo hicieron otros líderes del mundo,[49] el Presidente Julio Argentino Roca (1843-1914) y su Ministro de Instrucción Pública, Osvaldo Magnasco (1864-1920) visitaron en 1899 el “laboratorio de electricidad” del “sabio doctor” Miguel Ferreyra (1860-1929). Según la crónica de Caras y Caretas, en el consultorio se les tomaron radiografías de partes de sus cuerpos que les provocaban algún dolor. Ahora bien, este suceso no debe ser considerado como una convencional visita al médico. Se trata, en realidad, de un evento público mediático en donde importantes personajes de la política son testigos oculares de las “maravillas de la ciencia”. Ferreyra es presentado como un “inventor” que realiza modificaciones y mejoras a diferentes aparatos eléctricos de reciente creación:

«Luego el Dr. Ferreyra expuso las modificaciones introducidas por él á los aparatos productores de la corriente Tesla […] La corriente transformada en los aparatos del doctor Ferreyra, se muestra en fulguraciones azules que tienen un radio de acción al parecer sin límites. Alcanza á millones de volts y todo a su alrededor se electriza, personas y objetos, durante el funcionamiento.»[50]

La evidencia visual presentada en el artículo constaba de cuatro radiografías que ocuparon un gran espacio dentro de la diagramación de la página y de otras tres fotografías de considerable tamaño que mostraban a la comitiva presidencial y al médico en acción en su laboratorio. (Fig. 6) Dos de las tres fotografías incluyeron en su encuadre a una lamparita colgando del techo de los distintos ambientes del gabinete de Ferreyra. Este detalle, una curiosa decisión editorial que años más tarde podría ser considerada una desprolijidad, en esta ocasión parecería cumplir la función de insistir en la modernidad del gabinete de Ferreyra. Tanto las radiografías como las fotografías fueron reproducidas fotomecánicamente mediante el novedoso halftone (medio tono) que presentaba imágenes de calidad y que hicieron de Caras y Caretas un producto cultural clave de la época.[51]

En ese mismo año, un artículo paródico del semanario reseña el supuesto descubrimiento de “Lo que somos”[52] por parte de un “químico alemán”, y da cuenta en forma de diálogo de qué estaría hecho el ser humano: “claras y yemas”, “hierro”, “fósforo”, “hidrógeno”, “sal”, etc; en su mayoría elementos o compuestos químicos vinculados con objetos de la vida cotidiana. El texto está ilustrado con una caricatura de Villalobos (Fig. 7) en donde puede verse al técnico operando un aparato que emite una luz que atraviesa el cuerpo humano y proyecta la imagen de un esqueleto que tiene huevos en su interior. Texto e imagen representan paródicamente la recepción por parte del público de los descubrimientos científicos y la tendencia a asociar lo desconocido con lo familiar, similar al modo en que se relacionó a las radiografías con las fotografías.

El hallazgo de Röntgen llevó a científicos, inventores y empresarios a buscarle usos industriales o comerciales, como la adquisición de fluoroscopios (visores de rayos X en tiempo real) para las tiendas de zapatos con el objetivo de ayudar a los clientes a elegir un modelo adecuado a la anatomía de sus pies.[53] Otro ejemplo fue la búsqueda del ennegrecimiento del cabello canoso, noticia que fue reproducida en Caras y Caretas en la sección “Para la familia”:

«Voy á dar una buena noticia á mis lectoras que tengan canas […] Es una sorpresa que nos reservan los rayos X. Bajo su acción los cabellos blancos se vuelven negros. Y no es una broma lo que digo; es serio; el doctor Imbert, jefe del servicio electroterápico de Montpellier, en Francia, ha hecho esta constatación, ydado parte de ella á sus colegas de la academia de ciencias. Sé que, en la academia, hay muchos cabellos blancos; supongo que los académicos harán pruebas en sí mismos. ¡Qué éxito si los cabellos blancos recobran, sin tintura alguna, el color de la juventud!»[54]

Efectivamente, el físico francés Armand Imbert (1850-1922), especialista en rayos X, desde una fecha tan temprana como 1896 escribió junto a Henri Bertin Sans (1862-1952) abundantes artículos sobre los usos posibles del descubrimiento de Röntgen que fueron publicados por la Academia de Ciencias francesa, entre ellos el del ennegrecimiento de los cabellos.

De un modo similar, Miguel Ferreyra, además de utilizar los rayos X para el diagnóstico de patologías traumatológicas, amplió el campo de sus investigaciones con electricidad con el objetivo de “combatir a las langostas”. Asimismo, ensayó con un aparato que buscaba hacer desaparecer el vello facial, “corrigiendo a la naturaleza” y con ello “contribuir al embellecimiento del mundo femenil”,[55] sin tener en cuenta las peligrosas consecuencias para la salud que podría traer su manipulación. Como sostiene Rebecca Herzig, si bien la remoción del vello puede remontarse a la Antigüedad, a partir de 1870, en paralelo a los estudios de las razas y las teorías darwinianas de la evolución, proliferaron los estudios sobre el ‘exceso’ capilar, ‘defecto’ que fue patologizado con el nombre de ‘hipertricosis’. Esta ansiedad, exacerbada por la promesa de los rayos X, en pos de la eliminación del vello indeseable, debe ser vinculada con la construcción de la identidad racial y de roles de género que impusieron como norma la “suave femineidad de las mujeres blancas”, en contraposición a los ‘otros raciales’ considerados inferiores y a cierto canon de masculinidad.[56]

 

Representaciones de la experimentación científica en la prensa ilustrada

A fines del siglo XIX la experimentación en diversas áreas de las ciencias estaba en pleno auge y, siguiendo los pasos de Röntgen, se investigaron diversos tipos de rayos y radiaciones; para 1900 ya se habían identificado los rayos Alfa, Beta y Gamma. Los constantes y numerosos descubrimientos de aquello que hasta ese momento había sido invisible a los ojos parecía transmitir la idea de que lo inmaterial podía cobrar forma real. El espíritu cientificista de la época llamaba a hacer pasar por el tamiz del método científico todo tipo de cuestiones, aun aquellas que se encontraban dentro de lo que hoy consideraríamos del terreno de lo espiritual y sobrenatural. Muchos científicos prominentes (y otros no tanto) de finales de siglo adscribieron más o menos abiertamente a algún tipo de misticismo y algunos de ellos intentaron obtener pruebas de la existencia de espíritus, sustancias, fuerzas magnéticas y de la mente.[57]

Exponentes del modernismo literario latinoamericano, como Leopoldo Lugones y Rubén Darío, dieron espacio en sus relatos a las problemáticas suscitadas alrededor de los usos de los rayos X, la cámara fotográfica y su vínculo con el develamiento de fuerzas ocultas e invisibles a simple vista. La fotografía, considerada como vehículo de ‘lo real’ y portadora de objetividad mecánica era, en estas ficciones, médium de las emanaciones de la mente, del mundo espiritual o divino.[58] Los límites de la ciencia y el esoterismo se tornaban confusos, de un modo similar a como ocurría en la sociedad finisecular.

Algunos científicos hicieron notar a sus colegas de los peligros que acarreaba el descubrimiento de los rayos X, como fue el caso del médico español Letamendi, quien señalaba que,

«[…] se nos anuncia, en poco meditados términos, la invención de un procedimiento que entendido a la letra, ha sacado ya de sus casillas a los papanatas y truhanes, propagadores del espiritismo, del telepatismo, del ocultismo y demás artes combinadas de picardía y chifladura, pues creen ellos, según en públicos escritos traspirenaicos ya han dado a entender, que la nueva fotografía a través de los cuerpos opacos […] refuerza, confirma y demuestra la verdad de la moderna magia, realizada hoy en ambos mundos.»[59]

Letamendi entendía que al confundir fotografía con radiografía se estaba dando motivos a los creyentes del espiritismo, el telepatismo y el ocultismo de la existencia de fuerzas inmateriales desconocidas. Efectivamente, el descubrimiento de los rayos X se presentó para algunos como una batalla ganada al escepticismo, que ponía en duda la existencia de todo aquello que no se materializara ante los sentidos, particularmente la vista. Las fuerzas que, hasta ese momento, habían sido invisibles a simple vista parecían estar siendo develadas por la tecnología. Un factor que hizo posible el estudio científico de estas temáticas fue el propio estado de las ciencias a finales del siglo, que contaban con un desarrollo acelerado y exitoso, pero al mismo tiempo todavía en proceso de consolidación, atado a una fase experimental en donde con suma rapidez se incorporaban y descartaban teorías.[60] El mismo Costa, sin referirse a ningún tipo de esoterismo, sostuvo en su manual universitario de 1897 que,

«[…] acabamos de ser sorprendidos recientemente con un nuevo descubrimiento que, si bien ofrece limitadas aplicaciones al diagnóstico, en cambio es enorme su significado científico, por las nuevas manifestaciones de la fuerza que pone en evidencia. Quiero referirme a los rayos Roentgen, cuyo modo de actuar se indaga actualmente con una curiosidad febril, como si se presintieran nuevas leyes que determinar ó aplicaciones imprevistas que descubrir, –estudiando lo que nadie hubiera sospechado– la fotografía de lo invisible.»[61]

Podemos percibir en sus palabras las expectativas que generaba en la comunidad científica el nuevo descubrimiento: la “fotografía de lo invisible” era algo insospechado hasta ese momento y abría la posibilidad de “nuevas leyes a determinar” o “aplicaciones imprevistas”. A la luz de estas palabras, no deberían causar sorpresa algunos de los artículos que reseñaremos a continuación.

Al igual que sus pares científicas, Caras y Caretas pasaba revista de lo que se editaba en el extranjero y en numerosas ocasiones republicó imágenes y noticias de asombrosos descubrimientos que, a ojos del siglo XXI, resultan risibles e inclusive podrían llegar a ser confundidos con parodias. Sin embargo, para el lector del período de entresiglos podían encajar con comodidad dentro del abanico de maravillas científicas que se presentaban a diario en la prensa, máxime a partir del descubrimiento de los rayos X. Tal fue el caso de la reseña de “La fotografía a través del cuerpo humano”[62] (Fig. 8) experimento del científico norteamericano, John Kime (1855-1911), quien pretendía haber logrado un cliché de un paisaje, aun con el obstáculo de tener el cuerpo de un hombre de 150 libras parado delante de la cámara. Se reprodujo en el artículo la supuesta escena de captura, así como la fantástica fotografía que, por supuesto, en nada difería de la de un paisaje normal.

Sin duda uno de los más interesantes artículos hallados en Caras y Caretas es “La última maravilla científica. Los rayos N y N1 – Las radiaciones fisiológicas – La luz negra – Fotografía de la idea fija”[63] en donde se resumían al menos cuatro teorías científicas reales propuestas en Europa y Estados Unidos a partir del descubrimiento de Röntgen. Si bien muchas de ellas ya habían sido cuestionadas por la comunidad científica al momento de la edición (1907), no eran debates que trascendieran al gran público y, por lo tanto, no es descabellado pensar que la línea editorial jugara con la credulidad de los lectores y la suya propia.

Los rayos N y N1 fueron una propuesta de René Blondlot (1849-1930), físico de la universidad de Nancy (Francia), quien creyó encontrar en 1903 un nuevo tipo de radiaciones a las que llamó “N” en homenaje a su universidad. Al polarizar los rayos X para demostrar que eran ondas se convenció de descubrir un nuevo tipo de radiación capaz de incrementar la luminosidad emitida por una chispa eléctrica. En el artículo del semanario se enumeraba la cantidad de objetos de diferentes materiales que emitían este tipo de rayos, los cuales podían ser captados por una placa fotográfica sensibilizada. El ensayo de Blondlot tuvo considerable repercusión en la comunidad académica y numerosos científicos experimentaron con los Rayos N y algunos, inclusive, afirmaron haber corroborado su resultado.[64] Por ejemplo, un colega de la universidad, Augustin Charpentier (1852-1916) no solamente apoyó a Blondlot, sino que sumó a su hallazgo la emisión de las “radiaciones fisiológicas” emitidas por el cuerpo humano, animales y plantas. Los estudios de ambos fueron luego cuestionados por la comunidad científica, hecho que no detuvo la continuidad de la experimentación con lo invisible.

La teoría de la “luz negra” caracterizada en el artículo como un “fenómeno que pasa el límite de lo creíble en el orden científico” fue elaborada por el físico Gustave Le Bon (1841-1931), quien a partir de 1896 efectuó, con la ayuda de placas fotográficas, estudios sobre radiaciones capaces de atravesar los cuerpos opacos. El inicio de esta experimentación fue reseñado también por el diario argentino La Nación en donde se sostenía que “Las formas posibles de energía, por más que no conozcamos hasta ahora de ellas más que una ínfima parte, deben existir en número infinito: y la luz negra representa, tal vez, una de esas fuerzas desconocidas”.[65] La teoría de Le Bon,[66] aunque equívoca, poseíala primera descripción cualitativa de la equivalencia entre materia y energía, que más tarde desarrollaría Albert Einstein.

El artículo de Caras y Caretas cerraba con los estudios de “Rogus, célebre físico anatomista y norteamericano”[67] quien habría encontrado “la idea fija” en forma de jeroglífico en el cerebro de un egiptólogo. Tan disparatado ‘hallazgo’ podría servir para afirmar el carácter paródico del artículo, sin embargo, las siguientes notas en publicaciones ‘serias’ dan una idea del tipo de experimentación que se estaba desarrollando y de la ‘ciencia imaginada’ que envolvía a la sociedad finisecular.

Una de estas publicaciones, el semanario ilustrado dirigido a empresarios agrícolas e industriales, La Agricultura, presentó un artículo llamado “Fotografía del pensamiento” en donde se reflexionaba sobre el rol de la fotografía y su vínculo con la ciencia en el fin de siglo. En él menciona una pieza periodística supuestamente aparecida en el New York Tribune, en donde un fotógrafo habría realizado una “fotomicrografía” del cerebro de un egiptólogo en la que habría hallado extraños caracteres que fueron confirmados como “escritura etiópica, siria y fenicia”. Esto le permitió al redactor de la nota sostener que:

«Sin prestar fe ciega a la narración del fotógrafo yankee, cabe observar que la hipótesis de que las ideas queden grabadas e impresas en la masa encefálica, no es nueva […] Por lo demás, es cosa fácil de comprender y admitir que el cerebro humano conserva la impresión infinitamente sutil de los recuerdos, de la misma manera que los cilindros de los fonógrafos conservan los discursos, los cantos y hasta los suspiros.»[68]

De un modo similar, la prestigiosa revista Semana Médica reseñaba un ensayo en donde se habían utilizado rayos Röntgen para grabar imágenes de objetos en la corteza del cerebro: “Imprimióse la imagen de un perro furioso en el cerebro de un conejo, y puesto éste en libertad, dio signos de un gran pavor, y tan grande en efecto que condujo a la pregunta de si no podría producirse la locura con la impresión de imágenes horribles”.[69] Debemos considerar este tipo de experimentación en un momento de desarrollo, no solamente de la radiología, sino también de la neurobiología y su investigación del funcionamiento del cerebro.

En resumen, la inverosimilitud de los experimentos reseñados en el artículo de Caras y Caretas tenía su contracara en los asombrosos ensayos que efectivamente se estaban llevando a cabo en ciertos gabinetes científicos. Ahora bien, las fotografías insertas en el texto acarrean para los ojos contemporáneos otros desafíos en su interpretación. Como sostiene Sandra Szir, “Caras y Caretas –dentro de los parámetros regulares del siglo XIX– consideraba discursivamente a la fotografía como entrada al conocimiento y la utilizó como un modo fundamental de comunicación visual”.[70] Desde su primer número, ésta había servido para ilustrar hechos políticos, culturales y sociales. La caricatura, en cambio, señalaba el paso a la parodia, mientras que la ilustración realista es vinculada por Szir a los relatos de ficción.[71] La utilización de la fotografía en un artículo científico pretendía, con frecuencia, ser el sostén de aquello afirmado por el texto. De hecho, la misma pieza en cuestión enuncia que “los grabados dicen claramente los prodigios que se pueden obtener [con estas experiencias].” No obstante esta afirmación optimista, las nueve imágenes publicadas se encontraban en clara tensión con esta aseveración. En algunos casos los fotomontajes o las intervenciones eran evidentes, como es el caso del “músculo en estado de contracción fija [que] emite rayos N1” o en el brillo producido por “la circunvolución de Broca” del niño con bigote. (Fig. 9) Es muy probable que las extrañas fotografías hubieran planteado serias dudas a una buena parte de los lectores, mientras que para otros pudieran haber pasado inadvertidas como una nota periodística más que versaba sobre las maravillas inexplicables de la ciencia del nuevo siglo.

 

A modo de conclusión

En el ocaso del siglo XIX la técnica de los rayos X se difundió con velocidad desde Europa hacia puntos diversos del globo gracias a una extensa red de intercambios de información, vehiculizada en gran medida por la prensa periódica y científica. En la Argentina, fueron los profesionales de la medicina, en colaboración con fotógrafos, los que llevaron adelante las principales investigaciones sobre las aplicaciones del descubrimiento de Röntgen. Se dedicaron a resumir, traducir cuando fue necesario y reeditar en sus revistas especializadas lo que se discutía en los centros europeos de conocimiento. Es así como publicaron sus propias experiencias y también, en la medida en que la técnica lo permitió, incluyeron imágenes que daban cuenta de ellas. Estos objetos visuales con la capacidad de ser trasladados, archivados, comparados y re-reproducidos, circularon en el ámbito de la cultura impresa gracias al desarrollo contemporáneo de la industria editorial y, en particular, a la reproducción fotomecánica de medio tono.

Desde mediados del siglo XIX, la técnica fotográfica venía siendo utilizada por los científicos debido a su capacidad de crear una imagen mecánica para el registro de la ‘realidad’. La necesidad de manipular las placas fotográficas sensibles para la impresión de la imagen producida por los rayos X unió el camino de estas dos tecnologías de elaboración de imágenes. Ambas contribuyeron a la producción de conocimiento científico y, en el caso de la medicina, modificaron las prácticas de diagnóstico y tratamiento al convertirse en ‘objetos operativos’ para la comunidad científica. Además, el nuevo modelo de ‘visión de lo invisible’ de los rayos X desafió creencias largamente sostenidas sobre cómo se podía producir el conocimiento. Para muchos implicó la certeza de la existencia de un mundo invisible que podía ser aprehensible y cognoscible sólo a través de la tecnología. Es así como miles de curiosos y personas de ciencia alrededor del mundo experimentaron en simultáneo con la radiación y la materia, en busca de pruebas de aquello que no era posible ver a simple vista.

No solamente las revistas científicas especializadas hicieron eco de esta nueva manera de producir imágenes técnicas, también la prensa periódica e ilustrada dio cuenta en sus páginas de la ‘fiebre’ por la experimentación con lo invisible que se desató en 1896. Buscaron con ello provocar (y al mismo tiempo satisfacer) la avidez del público por las ‘maravillas de la ciencia’ del fin de siglo. Estos medios dieron lugar en sus páginas a las últimas novedades en la investigación e inclusive las teorías más descabelladas fueron publicadas, muchas veces sin esperar pesquisas complementarias o probatorias por parte de la comunidad científica. En algunos casos lo hicieron sin dejar de lado el humor y en más de una oportunidad posicionándose en un lugar ambiguo entre la ingenuidad y la incredulidad.

 

 

 

 

Notas

[1] El término en español es utilizado por Irina Podgorny en su trabajo sobre el problema de la “portabilidad” de las ruinas arqueológicas del campo hacia los gabinetes: “Antigüedades portátiles: transportes, ruinas y comunicaciones en la arqueología del siglo XIX”, História, ciencias, saude-Manguinhos, v.15, n. 3, 2008, pp. 577-595.

[2] Bruno Latour ha conceptualizado a estos objetos como “móviles inmutables” para las ciencias en “Drawing things together”, en Michael Lynch and Steve Woolgar (eds.), Representation in Scientific Practice, Cambridge, Massachussets, MIT Press, 1990.

[3] Cf. Kelley Wilder, Photography and Science, London, Reaktion Books, 2009.

[4] Rebecca Herzig, “In the Name of Science: Suffering, Sacrifice, and the Formation of American Roentgenology”, American Quarterly, v. 53, n. 4, 2001, pp. 563-589.

[5] En inglés “working object”: Lorraine Daston y Peter Galison, Objectivity, New York, Zone Books, 2010. Los autores sostienen que en la segunda mitad del siglo XIX los científicos habrían preferido la objetividad de las imágenes producidas mecánicamente a otras técnicas consideradas “subjetivas”.

[6] “It is not so much a question of seeing how knowledge transcends the local circumstances of its production but instead of seeing how every local situation has within it connections with and possibilities for interaction with other settings”, James Secord, “Knowledge in Transit”, Isis, v. 95, n. 4, 2004, p. 644.

[7] Javier Dotta Ambrosini, “La visualidad como objeto: El giro pictórico y los estudios de la cultura visual”, dixit,n. 22, 2015, p. 40.

[8] Sandra Szir, “Discursos, prácticas y formas culturales de lo visual. Buenos Aires, 1880-1910”, en María Isabel Baldasarre y Silvia Dolinko (eds.), Travesías de la Imagen. Historias de las artes visuales en Argentina, v. 1, Archivos del CAIA IV, Buenos Aires, Eduntref – CAIA, 2011.

[9]  Verónica Tell, “Reproducción fotográfica e impresión fotomecánica: materialidad y apropiación de imágenes a fines del siglo XIX”, en Laura Malosetti Costa y Marcela Gené (comps.), Impresiones porteñas. Imagen y palabra en la historia cultural de Buenos Aires, Buenos Aires, Edhasa, 2009, pp. 141-164.

[10] José Van Dijck, The Transparent Body: A Cultural Analysis of Medical Imaging, Seattle, University of Washington Press, 2005; Sylvia Pamboukian, “’Looking Radiant’: Science, Photography and the X-ray Craze of 1896”, Victorian Review, v. 27, n. 2, 2001, pp. 56-74; Lisa Cartwright, Screening the Body: Tracing Medicine’s Visual Culture, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1995, etc.

[11] Roberto Ferrari, “Los primeros ensayos con rayos X en la Argentina”, en Miguel de Asua (comp.), La ciencia en Argentina, perspectivas históricas, Buenos Aires, CEAL, 1993; Norberto Cornejo y Haydee Santilli, “La historia temprana de la radiología en la Argentina”, Revista de Historia de la Medicina y Epistemología Médica, v. 4, n. 2, 2012, pp. 1-13.

[12] Héctor H. Berra, “Tomás Varsi. Una figura olvidada de la medicina argentina”, Revista Médica de Rosario, v. 77, 2011, pp. 89-97; Jobino Pedro Sierra Iglesias, Vida y obra de Guillermo Leland Paterson, San Miguel de Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 1978; Alfredo E. Buzzi y César Gotta, “Humberto Horacio Carelli: pionero de la radiología argentina”, Revista Argentina de Radiología, v. 78, n. 1, 2014, pp. 49-59.

[13] Soledad Quereilhac, Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos (1875-1910), Buenos Aires, Siglo XXI, 2016.

[14] Muy tempranamente los rayos X fueron asociados con la fotografía y su técnica, por ejemplo, los manuales de Georges Vitaux, Les Rayons X et la photographie du invisible, Paris, Chamuel, 1896 y Charles Edouard Guillaume, Le Rayons X et la photographie a travers de les corpes opaques, Paris, Gauthiers Villars, 1896.

[15] Cf. Lila Caimari, «El mundo al instante. Noticias y temporalidades en la era del cable submarino (1860-1900)», REDES, v. 21, n. 40, 2015, pp. 125-146.

[16] Pablo Souza ha realizado un exhaustivo examen de las actividades del Círculo Médico Argentino hasta 1915 en su tesis: Una “república de las ciencias médicas” para el desierto argentino. El Círculo Médico Argentino y la inscripción de un programa experimental para las ciencias médicas de Buenos Aires, 1875-1914. Tesis de Doctorado, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2013.

[17] Roberto Ferrari, op. cit., p. 79.

[18] “Experimentos hechos con los rayos X de Roentgen”, La Agricultura, v. 4, n. 168, 19 de marzo de 1896, p. 217.

[19] Ídem.

[20] Agusto Ballerini (1857-1902) se formó en Buenos Aires e Italia, realizó retratos, escenas históricas, costumbristas y numerosos paisajes a partir de viajes a Córdoba y el noreste del país.

[21] “La luz Roentgen. Experimentos interesantes”, La Nación, Buenos Aires, 13 de marzo de 1896.

[22] Héctor Berra, op. cit., p. 90.

[23] Jobino Pedro Sierra Iglesias, op. cit., p. 43.

[24] Ricardo González Leandri, “Itinerarios de la profesión médica y sus saberes de Estado. Buenos Aires, 1850-1910”, en Mariano Plotkin y Eduardo Zimmermann (comps.), Los Saberes del Estado, Buenos Aires, Edhasa, 2012.

[25] Carlos Prego, “Los laboratorios experimentales en la génesis de una cultura científica: la fisiología en la universidad argentina de fin de siglo”, REDES, 1998, v. 5, n. 11, pp. 185-205.

[26] G. Lasserre, “A propósito de los rayos de Roentgen”, Semana Médica, v. 3, 19 de marzo de 1896, p. 97.

[27] “Los rayos Roentgen”, Semana Médica, v. 3, 24 de marzo de 1896, p. 108.

[28] Joaquín López Figueroa, “Tratamiento de las fracturas por la movilización y el masaje”, Anales del Círculo Médico Argentino, v. 19, 1896, p. 435.

[29] Andrés Llobet, “Pseudo artrosis del radio”, Semana Médica, v. 3, 10 de septiembre de 1896, pp. 293-297.

[30] Roberto Ferrari, op. cit, pp. 82-83.

[31] Jaime Costa, Apuntes de Física aplicada a la Medicina, Buenos Aires, M. Biedma e hijo, 1897.

[32] Carlos Heuser, Radiología, Buenos Aires, Agustin Etchepareborda, 1902.

[33] “Electroterapia”, Enciclopedia de Ciencias Médicas, Madrid, Saturnino Callejas Fernández, 1911, pp. 175 -183.

[34] Eugenio Ramirez, “Electroterapia”, Semana Médica, v.6, 6 de abril de 1899, p. 113.

[35] Actual Hospital Psicoasistencial José Tiburcio Borda. Cornejo, Norberto y Haydee Santilli, op. cit.

[36] Actual Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano.

[37] No se han hallado trabajos académicos que estudien las terapias con electricidad en la Argentina en este período. Para el caso chileno, cf. María José Correa Gómez, “Electricidad, alienismo y modernidad: The Sanden Electric Company y el cuerpo nervioso en Santiago de Chile, 1900-1910”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, documento electrónico: http://nuevomundo.revues.org/66910, acceso 5 de diciembre de 2016.

[38] Roberto Ferrari, op. cit., p. 82.

[39] Corey Keller, “The Naked Truth or the Shadow of Doubt? X-Rays and the Problematic of Transparency”, Invisible Culture: An Electronic Journal for Visual Studies, v. 7, 2004, document electrónico: http://ivc.lib.rochester.edu/the-naked-truth-or-the-shadow-of-doubt-x-rays-and-the-problematic-of-transparency/, 2 de noviembre de 2017.

[40] Letamendi, “Juicio teórico práctico de la sediciente fotografía a través de los cuerpos opacos”, Semana Médica, v. 3, 27de agosto, 1896, pp. 282-283.

[41] Michael Sappol, Dream anatomy: a unique blend of art and medical science from the National Library of Medicine, Washington, U S Department of Health and Human Sciences, 2006; José Van Dijck, op. cit.; Lisa Cartwright, op. cit.

[42] Sylvia Pamboukian, op. cit., pp. 65-66.

[43] Sandra Szir, “Discursos, prácticas…” op. cit.

[44] Soledad Quereilhac, op. cit., p. 29.

[45] Cf. Verónica Tell, op. cit.

[46] Sandra Szir, “Reporte documental, régimen visual y fotoperiodismo. La ilustración de noticias en la prensa periódica de Buenos Aires (1850-1910)”, Caiana, v. 3, 2013, documento electrónico: http://caiana.caia.org.ar/template/caiana.php?pag=articles/article_2.php&obj=121&vol=3, acceso 6 de noviembre de 2016.

[47] “La fotografía a través de los cuerpos opacos”, La Nación, Buenos Aires, 15 de febrero de 1896.

[48] Soledad Quereilhac, op. cit., p. 25 y ss.

[49] Por ejemplo, la mano del Rey de Portugal Manuel II publicada en Ilustração Portuguesa, n. 125, 13 de julio de 1908. Asimismo, el diario argentino La Nación da cuenta de las radiografías tomadas al Rey Guillermo de Prusia en el artículo “El brazo del Kaiser”, 14 de marzo de 1896.

[50] “Roca y Magnasco ante la luz Röntgen”, Caras y Caretas, n. 59, Buenos Aires, 18 de noviembre, 1899.

[51] Sandra Szir, “Reporte documental…”, op. cit., p. 9; Geraldine Rogers, Caras y caretas. Cultura política y espectáculo en los inicios del siglo XX argentino, La Plata, EDULP, 2008.

[52] “Lo que somos”, Caras y Caretas, n. 30, Buenos Aires, 29 de abril de 1899.

[53] Michael Sappol, op. cit., p. 154.

[54]  “Para la familia”, Caras y Caretas, n. 458, Buenos Aires, 13 de julio de 1907.

[55] “Roca y Magnasco ante la luz Röntgen”, Caras y Caretas, n. 59, Buenos Aires, 18 de noviembre de 1899.

[56] Rebecca Herzig, “Removing Roots: ‘North American Hiroshima Maidens’ and the X Ray”, Technology and Culture, 1999, v. 40, n. 4, p. 728.

[57] Un ejemplo del alcance de este tema es el artículo firmado por I. Maillet “Animismo y espiritismo” en la prestigiosa Semana Médica (v. 3, 12 de marzo de 1896, pp. 89-91) en donde se pasa revista de la metafísica experimental realizada por tres investigadores: el ruso Aleksandr Aksakof, el filósofo alemán Eduard Von Hartmann y el psicólogo francés Pierre Janet, sin pronunciarse categóricamente por la “batalla entre materialismo y espiritualismo” cierra el texto afirmando que “El público podrá aceptar con entera confianza el veredicto de la ciencia, cualquiera sea”.

[58] Alejandra Torres, “La Verónica modernista. Arte y fotografía en un cuento de Rubén Darío”, en Wolfram Nitsch, Matei Chihaia, Alejandra Torres (eds.), Ficciones de los medios en la periferia. Técnicas de comunicación en la literatura hispanoamericana moderna, Köln, Universitäts-und Stadtbibliothek Köln, 2008, pp. 73-83. Mario Guzmán, “Inestabilidad de la imagen fotográ?ca en la literatura: fotografías de ?uídos y cuentos fantásticos de Leopoldo Lugones”, Actas del 10mo Congreso de la Asociación Internacional de Semiótica Visual, Buenos Aires, 2012.

[59]  Letamendi, op. cit., p. 282.

[60] Cf. Soledad Quereilhac, op. cit., especialmente capítulos 1y 2.

[61] Jaime Costa, op. cit., p. 10.

[62] “La fotografía a través del cuerpo humano”, Caras y Caretas, n. 118, Buenos Aires, 5 de enero de 1901.

[63] “La última maravilla científica”, Caras y Caretas, n. 469, Buenos Aires, 28 de septiembre de 1907.

[64] Cf. Pablo Capanna, Inspiraciones. Historias secretas de la Ciencia, Buenos Aires, Paidos, 2010.

[65] “La Luz Negra. A propósito de los rayos Röntgen”, La Nación, Buenos Aires, 24 de marzo de 1896.

[66] Le Bon edita en 1905 un libro sobre este tema: L’Évolution de la matière.

[67] A diferencia de los otros casos, no hemos hallado referencias a esta persona fuera de las páginas de Caras y Caretas.

[68] “Fotografía del pensamiento”, La Agricultura, v. 4, n. 171, 9 de abril de 1896, p. 276, itálica en el original.

[69] “Rarísimo ensayo de los rayos X”, Semana Médica, v. 4, 7 de octubre de 1897, p. 319.

[70] Sandra Szir, “Reporte documental…”, op cit., p. 9. También cf., Verónica Tell, op. cit.

[71] Sandra Szir, “Entre el arte y la cultura masiva. Las ilustraciones de la ficción literaria en Caras y Caretas (1898-1908)”, en Laura Malosetti Costa y Marcela Gené, Impresiones porteñas. Imagen y palabra en la historia cultural de Buenos Aires, Buenos Aires, Edhasa, 2009, pp. 109-139.